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¿Alguien va a romper el cerco mediático?

Por: Iván Olano Duque

Hay dos preguntas que son anteriores al título de este texto y sin las cuales no tendría sentido intentar una respuesta: ¿existe algo que podamos llamar un cerco mediático en Colombia? Y de ser así, ¿por qué habría necesidad de romperlo? Para enfrentar esta primera pregunta —que quizás sea evidente e innecesaria para muchos— lo más efectivo es elegir un solo ejemplo concreto y paradigmático.

Se trata del divorcio, de sobras conocido, entre la “percepción de inseguridad” y la “inseguridad real” en Bogotá durante el gobierno de la Bogotá Humana. Si nos fijamos en la Encuesta de percepción ciudadana realizada anualmente por Bogotá Cómo Vamos (una iniciativa de instituciones tan poco sospechosas de un sesgo a favor de la alcaldía de Gustavo Petro como la Casa Editorial El Tiempo, La Cámara de Comercio de Bogotá y la Fundación Corona, entre otros), veremos que el número de personas que afirmó haber sido víctima del algún hecho delictivo en la ciudad disminuyó año tras año, pasando de un 39% en 2009 a un 20% en 2015. Es decir, se disminuyó prácticamente a la mitad el número de víctimas, lo que corresponde en su mayoría a atracos callejeros. Hay que subrayar que las cifras de esta encuesta son más fieles a la realidad que las que entrega la policía, porque mientras estas últimas se basan en el número de denuncias, las primeras son un testimonio directo de la víctima, se haya o no interpuesto una denuncia. La paradoja inquietante es que mientras que entre el inicio de 2009 y el final de 2010 hay un descenso en la percepción de inseguridad que se corresponde con el descenso de la victimización directa (baja del 42% al 38%), entre el inicio de 2011 y el final de 2015 —periodo de la Bogotá Humana— hay un crecimiento importante de la percepción de inseguridad, que pasa del 38% al 59%.

En breve, podemos decir que en los años específicos de la alcaldía de Gustavo Petro hubo menos victimización en la ciudad de Bogotá, pero que, durante ese mismo periodo, la percepción de inseguridad no paró de aumentar. A la gente la atracaban menos, pero se sentía más insegura.

Es notable que la curva de disminución en la victimización directa se corresponde con la curva de disminución de la pobreza en Bogotá durante ese mismo periodo, fundamentalmente lo que la ONU llama “pobreza multidimensional” que mide no sólo la pobreza monetaria, sino además el acceso efectivo a los servicios públicos, sociales y calidad de vida en general. Bogotá pasó de una pobreza multidimensional de un 12,1% a inicios de 2011 a un 4,7% a finales de 2015. Esto quiere decir que, como resultado de unas políticas sociales concretas, casi medio millón de personas salieron de la pobreza multidimensional durante el gobierno de la Bogotá Humana, lo que tiene una relación directa (aunque desde luego no es el único factor a tener en cuenta) con el descenso de la victimización real. Pero ¿por qué aumentó la percepción de inseguridad? ¿Quién construye la percepción, el relato de la ciudad?

Podemos vislumbrar esta respuesta al analizar las mismas variables en el primer año de la alcaldía de Enrique Peñalosa: la percepción de inseguridad disminuyó drásticamente (pasó del 59% al 45%), pero paradójicamente la victimización real aumentó de un 20% a un 32%. Es decir, que —al contrario de lo que sucedió durante la Bogotá Humana— a la gente la atracaron más, pero se sintió más segura. Y reforzando el argumento de que la inseguridad es reflejo de la segregación, la pobreza y el abandono estatal, en el mismo periodo de la administración de Peñalosa en el que aumentó la victimización también aumentó —después de un decrecimiento sostenido de más de dos décadas— la pobreza multidimensional en más 100.000 personas (pasó de un 4,7% a un 5,9%).

Fuente: http://www.bogotacomovamos.org/documentos/encuesta-de-percepcion-ciudadana-2016/

Fuente: http://www.bogotacomovamos.org/documentos/encuesta-de-percepcion-ciudadana-2016/

 

Fuente: https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/condiciones_vida/pobreza/anex_pobreza_2016.xls

 

Entonces ¿quién construyó el falso relato de la inseguridad creciente durante el gobierno de la Bogotá Humana, y quién tuvo el poder para construir el falso relato contrario durante el primer año de alcaldía de Enrique Peñalosa? La pregunta es, desde luego, retórica, porque basta con recordar los programas de radio y su ataque continuo al gobierno y la figura de Gustavo Petro, los videos cotidianos sobre atracos callejeros en los principales noticieros, las declaraciones incesantes sobre el “desastre” en el que se estaba convirtiendo Bogotá y la intensa campaña de marketing a favor de un “gerente” que acabara —como si tal cosa tuviera algún sentido— con la politización de la administración distrital.

Los medios de comunicación son hoy, nos guste o no, los que construyen este relato. Con sus noticieros de televisión, con sus programas radiales, son ellos los que acompañan a los trabajadores en el transporte público, a la hora del almuerzo y en la noche, cuando están cansados y encienden el televisor para enterarse un poco de lo que sucedió durante el día. La ciudad cotidiana de la mayoría se reduce a unas pocas calles, al barrio en el que vivimos y en el que trabajamos. Pero la ciudad amplia, la que se cuenta en varios millones de habitantes y que llega hasta el horizonte, sólo existe en nuestras cabezas por medio de un relato construido cotidianamente por los medios de comunicación. Lo mismo podemos decir, e incluso con mayor razón, respecto a la concepción de todo un país. Y en el caso que nos ocupa, la Bogotá de ocho millones de habitantes no es tanto la que vemos en las calles, sino más bien una abstracción moldeada día tras día por RCN, Caracol, City TV, Blu radio, LA F.M, W Radio, Caracol Radio, Semana, El Espectador y El Tiempo.

Lo que hay que tener muy claro de entrada es que, previo a cualquier valoración, este es un hecho cierto. Los medios de comunicación son los que más aportan en la construcción de la sociedad que cada individuo hace en su mente. Son, por lo tanto, agentes políticos de primer orden. El problema aparece —y la valoración se hace necesaria— cuando descubrimos que ese conglomerado de medios orbita en torno a los tres hombres más ricos del país (Alejandro Santo Domingo, Carlos Ardila Lülle y Luis Carlos Sarmiento Angulo), un puñado de familias históricamente ligadas al poder político nacional o local (Felipe López Caballero, la familia Char, entre otros), multinacionales del sector financiero y fondos de inversión (grupo Prisa, propiedad del HSBC, La Caixa, Santander, el sultán de Catar y algunos de los mayores fondos buitre del mundo).

El conflicto de intereses es evidente. ¿Alguno de estos empresarios o fondos de inversión va a difundir información que afecte sus inversiones en otros sectores de la economía? ¿Alguno va a permitir la investigación y publicación de sus propias irregularidades, sus arbitrariedades, su relación con el poder político y su posible participación en casos de corrupción? Hay que decir que siempre hay periodistas valientes que dignifican su oficio y se juegan el pellejo para hacer bien su trabajo, pero su margen de maniobra es muy limitado. El poder mediático en buena parte de las sociedades contemporáneas está enraizado en el poder económico y, por ahí derecho, en el político. La “libertad de prensa” no es entendida por los propietarios de medios sino como “libertad de empresa”, libertad de patrimonializar la información y de defender y promover, a costa de la verdad, sus propias inversiones. Pero lo que en el mundo es una lógica cruel y un desafío ciudadano, en Colombia —con su catástrofe social, su guerra eterna y su extraordinaria concentración de poder mediático— se vuelve sofocante: los grandes medios de comunicación privados defienden, día tras día y por encima de todo, los intereses particulares de sus propietarios.

Con el fin de sustentar con ejemplos concretos la existencia de un “cerco mediático” sería posible hacer una radiografía amplia sobre las diferencias entre el país real y el relato maquillado y parcial que construye el oligopolio mediático colombiano. Pero, para nuestra fortuna, tenemos a nuestra disposición un caso de estudio invaluable, focalizado en el tiempo y el territorio, para analizar este fenómeno: el gobierno de la Bogotá Humana.

Estoy convencido de que todo proyecto de transformación real de la sociedad colombiana debe pasar por el estudio detenido de la experiencia de esos cuatro años de gobierno. Guste más o menos la labor de Gustavo Petro y el progresismo en Bogotá, nadie que busque la transformación de Colombia en clave de justicia social puede desconocer que su gobierno y sus políticas movilizaron a lo más reaccionario del establecimiento colombiano, como cualquier criatura que despliega un mecanismo de defensa ante lo que percibe como una amenaza. Es, por lo tanto, un caso de estudio privilegiado: la caverna mediática se movilizó con furia, los contratistas corruptos desplegaron sus alfiles y el maridaje rancio entre la clase política y algunos sectores empresariales (con gran protagonismo de los propietarios de tierras en la Sabana y parte del gremio de la construcción) planearon desde el minuto cero la caída de Gustavo Petro y la retoma de Bogotá. A esa violencia y a esas fuerzas nos enfrentamos.

¿Por qué hubo una reacción semejante? A mi juicio, porque la Bogotá Humana fue un caso excepcional y sin precedentes en la historia de Colombia, un proyecto revolucionario que significó que las instituciones se pusieran por primera vez al servicio de la gente; no apenas de un modo circunstancial e hipócrita, tal como lo ha hecho siempre el establecimiento colombiano mientras beneficia intereses particulares y espurios, sino de un modo real, directo, y con una genuina vocación de transformación social. El objetivo y sentido de la acción política desde la administración fue la gente, la dignidad e integridad de cada ser humano que habita el territorio. La búsqueda de la justicia social, la defensa de lo público, la organización del territorio en función del agua y con las miras puestas en el cambio climático… todo un gobierno —con sus instituciones, su capacidad de acción y su presupuesto— estuvo al servicio de la única agenda progresista digna de tal nombre en el siglo XXI. E incluso más: la Bogotá Humana fue, si se me permite esas palabras fatales, el primer gobierno con un horizonte realmente democrático en la historia de Colombia.

Pero aun si el lector no está de acuerdo con esta idea, podrá reconocer que con la Bogotá Humana se movilizaron todas las fuerzas que intentarán en el futuro impedir a capa y espada el surgimiento de un poder alternativo en Colombia. Por decirlo así, sus posiciones quedaron reveladas por su movimiento intempestivo, y ahora tenemos el lujo —y la responsabilidad— de saber muy bien a qué y a quienes nos enfrentamos realmente.

 

Fuente: http://www.monitoreodemedios.co/grupos-mediaticos/

 

El principal rostro de ese movimiento de defensa del establecimiento es, pues, el oligopolio mediático. Si no somos capaces de ver esto, no sólo tendremos un margen muy reducido de acción política, sino que, en últimas, toda iniciativa será completamente inefectiva.

¿Cuál fue la principal derrota de la Bogota Humana? El relato. Una administración a todas luces histórica, plena de iniciativas y programas exitosos, fracasó estrepitosamente en posicionar el relato de su labor, y es por ello que, para desgracia no sólo de los bogotanos sino de todos los colombianos, la siguiente administración electa fue la peor entre todas las posibilidades, no sólo por su connivencia con la corrupción, sino ante todo por su integrismo neoliberal. Un elitista y mentiroso vendedor de buses llegó a la alcaldía, el candidato claro de los propietarios de tierras de la Sabana, de los contratistas corruptos y de los constructores más irresponsables, aquellos a los que no les tiembla la mano para ubicar a familias pobres en zonas de alto riesgo a cambio de obtener un beneficio económico.

Fracasó el relato de la Bogotá Humana, porque a pesar del agua fresca sin precedentes que significó Canal Capital durante ese periodo no hubo alternativas capaces de ganarle el pulso al oligopolio mediático del establecimiento. Aunque sea muy duro hay que decirlo: a ese fracaso le debemos el hecho de que Bogotá no esté construyendo su primera línea de metro subterráneo, y que estemos comprometiendo los recursos de toda una generación en la construcción de un obsoleto sistema de buses pegados que enriquece a unos pocos al tiempo que cuartea y envenena el territorio. A ese fracaso le debemos la posible urbanización de la reserva Thomas van der Hammen, la destrucción de la carrera Séptima a fuerza de buses y las inminentes privatizaciones de la ETB y la EEB. A ese fracaso le debemos, además, que los tranvías diseñados y financiados no se construyan, que no haya un nuevo auditorio para la Orquesta Filarmónica de Bogotá, el desmonte del sistema distrital de orquestas juveniles e infantiles, el aumento de la pobreza multidimensional, el fin del exitoso programa de salud preventiva Territorios saludables, y, como consecuencia, el empeoramiento de todos los indicadores de salud infantil, aumentando Peñalosa en su primer año, por primera vez en cinco años, las cifras de mortalidad infantil.

Perder en el relato es perder en el terreno político. Todo proyecto de transformación de la sociedad colombiana debe tener esto en cuenta y aprender de la experiencia de la Bogotá Humana. Tal como hemos visto con la paradoja de la victimización directa y la percepción de inseguridad, cada programa y política exitosa de la alcaldía de Gustavo Petro tuvo un contrarrelato mediático que, por decirlo así, construyó y vendió una realidad a su medida. No es necesario extendernos mucho en ejemplos: mientras que la percepción —azuzada por los directores de los grandes noticieros— fue que en Bogotá aumentaba el homicidio, la ciudad tuvo la tasa más baja de homicidios de los últimos cincuenta años. Mientras que los grandes medios fueron invitados y asistieron día tras día a la inauguración de jardines infantiles (se abrieron 1200 aulas de preescolar y 400 de jardines infantiles), no fue sino que el contralor dijera que sólo se hicieron seis para que todos los medios, sin ninguna vergüenza, informaran que después de cuatro años de administración sólo había seis jardines nuevos. Lo mismo sucede con los colegios: se entregaron 23 sedes nuevas y quedaron más de 20 en construcción (fue la inversión en infraestructura escolar más alta de la historia de Bogotá, y se logró pasar de 27.000 a 254.000 estudiantes en jornada completa), pero cada tanto los grandes medios vuelven a titular que no se construyó un solo colegio, confundiendo adrede figuras jurídicas con la construcción efectiva de nuevos planteles educativos. Los ejemplos, por lo demás, abundan en cada nueva declaración de Enrique Peñalosa o de sus funcionarios, quienes faltan a la verdad continuamente respecto a la administración pasada sin que ningún periodista de los grandes medios se atreva a desmentirlos.

El punto es que, en sociedades que se cuentan por millones, la visión panorámica se construye a través del cristal de los medios de comunicación, lo que hace que el sector de la información sea estratégico. ¿A alguien le parecería sensato que el monopolio del uso de la fuerza de un país —la policía y los militares—estuviera en manos de un puñado de familias? ¿A alguien le parecería sensato que el recaudo fiscal de la sociedad estuviera administrado por unos pocos apellidos ilustres? En la misma línea, ¿alguien puede afirmar que una sociedad se dirige a un horizonte democrático en tanto el derecho a la información está siendo administrado por unos pocos individuos que, además, son los más ricos del país?

Es precisamente esto último lo que sucede en Colombia. Por ello recomiendo al lector que visite la página web del proyecto Monitoreo de la propiedad de Medios, MOM por sus siglas en inglés, iniciado por la ONG Reporteros sin Fronteras e impulsado en Colombia por la Federación Colombiana de Periodistas. Se trata de una herramienta indispensable para crear consciencia sobre el que es sin duda uno de los desafíos más grandes de las sociedades contemporáneas y uno de los mayores obstáculos para la construcción de un proyecto de país realmente democrático: la concentración en la propiedad de los medios de comunicación, y el conflicto de intereses con sectores de la economía y el poder en general. Una pregunta que aparece en la web de este proyecto es fundamental: “¿Cómo puede la población evaluar la fiabilidad de la información, si no sabe quién la proporciona?”

Aterricemos esta pregunta a nuestro caso de estudio: la Bogotá Humana. Los medios de comunicación y periodistas —en particular algunos radiales—que tanto dijeron sobre el “caos de las basuras” de diciembre de 2012 y que aplaudieron la destitución arbitraria del alcalde Petro en diciembre de 2013, ¿advirtieron a sus oyentes sobre su relación con uno de los empresarios que tenía el monopolio de la recolección de basuras y cuyos intereses se vieron afectados con la implementación del nuevo esquema? Otro caso: los canales y periódicos que informan con gran parcialidad —o, en el mejor de los casos, equidistancia pusilánime— sobre la reserva Tomas van der Hammen y el proyecto de Peñalosa de urbanizarla, ¿informan a sus lectores y espectadores que su propietario es también poseedor de una fracción de esas tierras, y que por lo tanto el proyecto de Peñalosa le generaría una plusvalía multimillonaria? Otro caso: quienes invitan continuamente ante sus micrófonos y sus cámaras a defensores de la privatización de la ETB mientras falsean su situación real, ¿informan a su audiencia que su medio pertenece a un grupo empresarial dueño de otras empresas de telecomunicaciones que son, por lo tanto, competidoras y potenciales compradoras de la misma ETB? La verdad es que nunca advierten de este conflicto de intereses, lo que significa que están engañando a los ciudadanos; que nos están estafando.

El “cerco mediático” es una realidad apabullante en Colombia, y es urgente romperlo, si lo que queremos es una sociedad diferente. Ningún proyecto de transformación real se abrirá paso si no logramos ser realmente conscientes de este fenómeno y tomamos medidas al respecto. Los grandes poderes, se sabe muy bien, te dan dos palmadas en la espalda cuando emprendes proyectos alternativos que no significan ninguna amenaza real para ellos (hay que recordar la relativa tolerancia que había hacia Petro en su época de senador), pero no dudarán en aplastarte si ven que el desafío es real (de nuevo, el caso de Petro al frente de la Bogotá Humana). Los activistas y líderes sociales en Colombia deben saber que, sin potentes alternativas mediáticas capaces de romper el cerco oligopólico, no será posible la conquista democrática del poder, pues será como pretender enfrentar con palos y bastones las armas de fuego del establecimiento.

No existe un arma más potente que la información. Con su control, tal como siempre ha sucedido en Colombia, es posible hacer algo que va más allá de la destrucción del adversario: su negación, su invisibilización total. Entonces, si estamos con las miras puestas en la transformación efectiva de la sociedad colombiana, hay que tomar varias medidas urgentes.

En primer lugar, la fiscalización de los medios y la información. ¿Quiénes son los propietarios? ¿Qué relación tienen con otros sectores de la economía? ¿Cuál ha sido su rol histórico en relación al poder político? ¿Cuál su línea editorial? ¿Cuál su rol en relación al conflicto colombiano? ¿Cuáles son sus aportes reales a las campañas políticas y cuáles sus beneficios en relación a determinadas medidas gubernamentales? ¿Qué posibilidades reales de maniobra e impugnación del régimen hay en tanto el hombre más rico y mayor banquero de Colombia, el señor Luis Carlos Sarmiento Angulo, es dueño de El Tiempo, de ADN, de City TV, y posiblemente se haga con la concesión de un futuro tercer canal privado de ámbito nacional? La fiscalización es urgente y debe ser intensa y rigurosa.

En segundo lugar, hay que exigir radio y televisión pública de calidad, tanto de ámbito nacional, como regional y local. Unos medios financiados con presupuesto público, y por lo tanto al servicio de la gente, con contenido de calidad, comprometidos con la paz, la cultura y la defensa de los derechos humanos. Unos medios incluyentes, imbricados con la educación pública, los colectivos sociales y las comunidades. Aunque para pasar de la exigencia a la construcción hay que ser gobierno, no podemos perder de vista que una condición de la democracia es la creación, fortalecimiento y defensa de lo publico, entre lo que debe estar, desde luego, la creación, fortalecimiento y defensa de medios de comunicación 100% públicos. Aun antes de ser gobierno —porque es claro que la ciudadanía del siglo XXI, como hace dos mil quinientos años, está llamada a ser gobierno—, debemos repetir y exigir esto todos los días.

En tercer lugar, hay que construir alternativas mediáticas desde ya. Pero hay que ser muy claros: no es suficiente con pequeños medios de resistencia; no basta con acciones minoritarias. Si lo que se quiere es romper el cerco mediático, hay que pasar a la ofensiva y construir alternativas cada vez más ambiciosas. Ya no es hora de medias tintas. Hay que mirar a los ojos a los grandes poderes, llamarlos por su nombre, y decirles: “Ustedes son en gran medida responsables de la catástrofe social que es Colombia, ustedes son la oligarquía bicentenaria que nos ha mantenido en la sombra, pero el futuro es democrático y venimos a tomar las riendas de la República”.

Con ambición de transformación real, es urgente romper el cerco mediático, y las nuevas tecnologías de la comunicación son y serán cada nuevo día una herramienta más poderosa. El proceso de paz con las FARC, la experiencia reciente de la Bogotá Humana, las movilizaciones sociales, los colectivos organizados en la defensa de la soberanía y el territorio, el auge de las consultas populares de una ciudadanía sin miedo y cada vez más consciente de su poder constituyente, del desafío planetario del cambio climático… Colombia, con todas sus contradicciones, es hoy una tierra fértil para que crezca una alternativa política y, en paralelo, un nuevo tejido mediático radicalmente democrático.

No podemos permitir que —de la mano de Germán Vargas Lleras y Enrique Peñalosa— Cambio Radical, posiblemente el partido más corrupto en el lodazal del establecimiento colombiano, profundice la masacre neoliberal y normalice el desprecio a las mayorías sociales y a las reivindicaciones populares. No podemos permitir que el uribismo —esa suerte de oligarquía feudal— capitalice la catástrofe social al tiempo que la perpetúa. Y tampoco podemos permitir que la misma camarilla de dueños y directores de medios de comunicación, periodistas prepago, banqueros y contratistas corruptos —esa lumpen-oligarquía que parasita el Estado y las instituciones como si fueran su finca particular— logren conservar el monopolio del relato de la realidad colombiana, un relato hecho a su medida, mientras se aseguran de silenciar e invisibilizar todo aquello del país que les incomode.

Hay que decirles a estos grandes poderes que el relato no les pertenece, que lo han tenido secuestrado por mucho tiempo y que venimos a recuperarlo para la gente. El cerco mediático se rompe si logramos que el relato se parezca cada vez más a la realidad. Y esto depende de que la información se entienda, al fin, no como una mera mercancía o una suerte de asesino a sueldo de poderosos intereses particulares, sino como un pilar de la sociedad y un derecho fundamental.

Pero repito: una sola persona no es capaz de romper el cerco mediático. Tampoco un puñado. Y tampoco será suficiente con las redes sociales. Necesitamos a mucha gente, a periodistas, académicos, escritores, artistas, activistas, realizadores audiovisuales y radiales, una multitud alternativa a la oligarquía colombiana y comprometida con los derechos humanos, las mayorías sociales y un proyecto de país realmente democrático. Una multitud capaz de construir un nuevo relato de solidaridad y esperanza, consciente de que la comunicación es el terreno de lucha, la condición misma —y no apenas una opción— de la acción política. Y una multitud convencida de que la política en democracia debe estar en manos de la gente, y que el único horizonte tolerable es el de la justicia social, la soberanía, la defensa de lo público y la transformación efectiva de la sociedad colombiana.

¿Alguien va a romper el cerco mediático? Ya se han abierto algunas grietas, y cada vez más gente se da cuenta. La pregunta entonces es otra: ¿cuándo vamos a hacerlo?

Iván Olano Duque

Iván Olano Duque

Escritor

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1 Comment

  1. Fernando Silva
    Julio 23, 2017 at 10:07 am — Responder

    Uno de los mejores planes de desarrollo Nacional fue el de 1994 al 1998, sus “principios” :
    – Un Hombre mas productivo en lo económico.
    – Un Hombre más solidario en lo social.
    – Un Hombre más participativo en lo político.
    – Un Hombre mas respetuoso de lo ambiental.
    – Un Hombre más diverso en lo cultural.
    ….Agrego yo ( Un Hombre más trascendente en lo espiritual).

    Lo hizo Trizas un cerco mediatico: la señora MIRueda. Mauricio Vargas, un señor Lozano, los dueños de semana.

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