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¿Aún es útil hablar de Izquierda y Derecha?

La izquierda y la derecha son metáforas políticas, coordenadas que sirven para ubicarnos en el panorama ideológico. Pero ¿son útiles en el mundo de hoy? Quizás haya que establecer nuevos ejes, buscar relatos más fértiles para la acción política y la transformación social.


La izquierda y la derecha son metáforas políticas, coordenadas que sirven para ubicarnos en el panorama ideológico de un modo rápido. Así ha sido desde que en uno de los debates de la Asamblea Nacional, al inicio de la Revolución Francesa, se decidió que a la izquierda del presidente se sentaran los partidarios de que el rey no tuviera opción de veto de las decisiones de la Asamblea, mientras que a la derecha se sentarían los que defendían el veto real y, por tanto, cierta autoridad y legitimidad del Antiguo Régimen.

Desde entonces el eje izquierda-derecha ha sido una herramienta para sintetizar (hasta el extremo, hasta la caricatura) las innumerables variables de la posición política en dos bloques fundamentales y antagónicos: la derecha, partidaria del orden establecido, de la predominancia de unas élites, de los privilegios y jerarquías heredadas; y la izquierda, partidaria de la transformación de ese orden —ese Antiguo Régimen—, y la instauración de un nuevo pacto social en clave popular. Evocando sus orígenes revolucionarios, la derecha es la resistencia de una estructura de poder vertical ante una izquierda que —al derribarla— busca establecer un poder más horizontal.

Pero la izquierda y la derecha no son valores absolutos, y a menudo se convierten en conceptos estériles, plenos de limitaciones analíticas y prácticas. Al descuidarnos, este eje simbólico puede entorpecer la discusión y ocultar mucho más de lo que revela.

La bruma

El relato político binario es una herramienta que debemos usar con cuidado. Parece real: hubo una oposición efectiva entre el Antiguo Régimen y la Revolución, entre las monarquías y las repúblicas, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética del corto siglo XX de Hobsbawm. Hay, en efecto, una tensión permanente entre el conservadurismo y ese impulso transformador que podríamos llamar progresismo, entre el primado del capital y el de la dignidad humana, entre la inercia de los privilegios y la gramática de los derechos universales.

Pero en un puñado de oposiciones efectivas, la lógica binaria nos predispone a aceptar dócilmente una avalancha de falsas oposiciones. Un ejemplo: en la segunda mitad del siglo XX, la gran disputa por el poder en varios países europeos se libró entre un gran partido de signo conservador y otro socialdemócrata, de modo que este último representó los intereses de las clases populares y fue el impulsor del Estado del Bienestar. En el imaginario político, este reparto de roles se correspondía muy bien con el eje izquierda-derecha. Pero la profesionalización de la política, la demonización de la clase trabajadora y el maridaje perverso entre los medios de comunicación y las multinacionales del sector financiero hicieron que el proyecto neoliberal fuera acogido por cada vez más sectores de estos partidos de tradición socialdemócrata, hasta el punto en el que, a partir de la crisis de 2008, fueron estos partidos los que impulsaron con más fervor las medidas de austeridad (rescate a la banca responsable de la crisis, privatizaciones, reformas laborales y fiscales regresivas, recortes en la inversión social): una demolición progresiva del Estado del Bienestar.

En España, por ejemplo, el mismo PSOE (Partido Socialista Obrero Español), que impulsó a partir de la muerte de Franco cierto Estado del Bienestar, pactó en 2011 junto al Partido Popular —de signo conservador y heredero del franquismo—  una reforma constitucional que priorizaba el pago de la deuda por encima de cualquier otro gasto del Estado, incluido el gasto social. Es como si en una casa una madre decidiera que el dinero entrante servirá para pagarle antes que nada al banco, aunque sus hijos tengan hambre. Es poner el capital por encima de la dignidad humana.

Pero el PSOE fue y continúa siendo “la izquierda” para amplios sectores de España. Podremos decirle a quienes piensan esto: “el PSOE ya no es la izquierda, representa a las élites”, podremos repetirlo hasta el cansancio, pero será inútil. La explicación binaria de la realidad política se ha asentado por tantas décadas que ya buena parte de la sociedad asume el bipartidismo como un antagonismo eterno, religioso. El uno es la izquierda y el otro es la derecha, punto. Como si se tratara de la afición de esos clubes de fútbol que son eternos rivales, los ciudadanos se afilian a uno u otro bando —a su camiseta y a sus símbolos— para siempre.

En este contexto, las etiquetas se convierten en una bruma que no explica nada y que sólo puede dificultar aun más la acción política transformadora. Y es que la lógica binaria tiende a consolidar el bipartidismo, el cual es, por definición, una ficción democrática. Como en la plutocracia estadounidense, al final nos quedamos con una disputa pactada entre dos personajes que monopolizan el escenario, que impiden la irrupción de nuevos actores y que, en últimas, trabajan todos para la misma compañía.

Pero ¿la derecha existe?

Antes de comentar un poco más sobre las limitaciones prácticas de este eje, debo mencionar una probable particularidad de eso que hemos denominado derecha desde la Revolución Francesa: que ella, por sí sola, no existe.

La idea es del filósofo español Gustavo Bueno: la derecha no sería un estado permanente, no sería una categoría ideológica independiente, sino ante todo una reacción, una especie de anticuerpo del establecimiento ante todo aquello que lo desafíe.

Porque se sabe que en política las identidades se definen mejor a contraluz: en relación a un adversario. El gobierno y la hegemonía de las élites no tendrían, según esta lectura, el carácter de derecha sino cuando reconocen a un adversario que los desafíe. En otras palabras, la izquierda mira al horizonte de un nuevo pacto social en clave popular, mientras que la derecha mira a la izquierda. El eje clásico real no sería, así, izquierda-derecha, sino izquierda y anti-izquierda.

Esto es mucho más que un vano retruécano. De hecho, me parece importante mencionarlo porque —ahora sí— sus implicaciones prácticas son inmensas. Si la derecha es la reacción conservadora ante la acción transformadora de la izquierda, esto quiere decir que hay una lógica de proporcionalidad en la acción política: entre más grande sea el desafío planteado por la izquierda, entre más ambición transformadora tenga, con más fuerza —y brutalidad— reaccionará el establecimiento para defenderse.

¿Y el centro?

El centro merece también un comentario aparte. Últimamente, en un pretendido rechazo al posicionamiento y a la confrontación política, cada vez más gente se autodefine de centro. Y lo hacen, además, exaltando sus propias cualidades: no buscan el discurso grandilocuente sino el raciocinio sereno; no buscan el enfrentamiento sino los acuerdos; no prometen sino que ejecutan; no hablan de política sino de técnica.

Y no deja de ser paradójica esta superioridad moral del autodenominado centro, cuando en el origen revolucionario del eje izquierda-derecha el centro no era el lugar de los mesurados, sino de los indecisos. Y pregunto: ¿dónde está el mérito? Ante tantas injusticias, ¿no es acaso cómplice el que no se posiciona, el que guarda silencio? O peor: ¿no debería sentir mayor vergüenza el que esconde su verdadera opinión?

Cuando un banco le quiere quitar la casa a una familia humilde, ser neutral es elegir, sin decirlo, el lado del banco; cuando un pueblo defiende sus fuentes de agua, su río y su selva de la minería transnacional, ser neutral es, a fin de cuentas, apoyar al gran capital a costa de la vida de las comunidades. Toda sociedad es un tejido de contradicciones y disputas, a menudo entre débiles y poderosos, y no posicionarse, no preguntarse qué es lo justo y lo injusto en cada caso es simple pusilanimidad. E incluso más: tiende a ser un posicionamiento velado a favor del poderoso, una sintonía con el statu quo, y por lo tanto otro nombre para una derecha que se avergüenza de serlo.

No pretendo alargarme mucho en este comentario sobre el llamado centro político, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar a quien, después del infame Tony Blair, es el más reciente gurú de este posicionamiento velado a favor del orden establecido al que se le suma un barniz de modernidad: el presidente de Francia Emmanuel Macron, un banquero que conjuga el marketing de lo juvenil, una mínima agenda progresista (cambio climático, derechos LGBT) con el neoliberalismo más furioso. De él cabe esperar que mientras navega en el relato —también de corte populista— de la grandeza de Francia, impulse con una mano las energías renovables y haga implosionar, con la otra, el Estado del Bienestar.

El centro, tan de moda, es poco más que maquillaje del Antiguo Régimen, un exitoso producto de marketing político. Lo sabemos: hay silencios más atronadores que todos los discursos, hay un posicionamiento más definitivo en la aparente falta de posicionamiento, y aquellos que claman en el mundo de hoy por el absurdo de dejar a un lado la política en las discusiones públicas, defienden la técnica, sí, pero técnica neoliberal.

Ahora bien, si aceptamos por un momento los argumentos de aquellos que hacen elegías del centro y lo asocian a la mesura, a la ecuanimidad, al reino de la razón en contraposición al desorden pasional que le endilgan a la derecha y a la izquierda (sobre todo a esta última), y decimos entonces que en la distribución binaria de posiciones hay efectivamente un centro, una tercera actitud que no se afilia en un lado ni en el otro, tendríamos qué contemplar la posibilidad de que, en el fragor del antagonismo, el eje del espectro político se desplace para uno de los dos lados.

Si ni la izquierda ni la derecha son valores absolutos, tampoco el centro lo es. Este no está en la mitad de las posibilidades políticas (como un cero, siempre equidistante entre el positivo y el negativo de cada número entero), sino que es el resultado —siempre cambiante, siempre inestable— de la disputa cultural entre dos bandos. En otras palabras, si aquellas ideas que asociamos con la derecha logran cierta hegemonía cultural —como efectivamente sucede en el mundo de hoy— entonces eso que llamamos centro representa también buena parte de los valores e intereses de esa derecha.

La herramienta intelectual, la bandera inútil

Podemos discutir sobre cuáles son los vectores del espectro político, y en qué medida el antagonismo se puede sintetizar en izquierda y derecha; a mi juicio, estas son coordenadas que después de una depuración conceptual y de la separación de la lógica partidista pueden aún servir para explicar la realidad política. Pero esto es útil en un contexto analítico, alrededor de un café. Afuera, en la gran disputa política, en la sociedad real, entre más se inscriba el discurso en el eje izquierda-derecha más parece fortalecerse el statu quo.

Como veíamos más arriba, en el contexto de Europa occidental buena parte de los partidos de signo socialdemócrata —que representaron, en el imaginario popular, la izquierda institucional, la izquierda viable— terminaron siendo tan reaccionarios en términos de derechos sociales y laborales como los mismos conservadores. Su militancia es de izquierdas, pero su aparato burocrático hace parte de las élites nacionales y obedece desde hace tiempo al poder financiero internacional.

Y cuando los conceptos de izquierda y derecha están tan arraigados y tergiversados, ¿tiene algún sentido disputar estas banderas? ¿Hay algún potencial transformador en decir “yo soy de izquierda, ellos no”? ¿Se pueden construir nuevas mayorías si convocamos sólo a los que ya están convencidos y afiliados a una de las viejas metáforas? ¿Y qué sucede cuando, por las particularidades históricas de cada país, hay gente humilde que sufre los recortes neoliberales, que es desahuciada por los bancos —rescatados con dinero público— y que sin embargo se define religiosamente de derechas? ¿No deberíamos buscar el modo de apartar estas banderas e involucrarlos a ellos también en un proyecto de cambio?

La política es lo social por excelencia, y es por eso que en la acción política importa poco qué pensamos nosotros de los conceptos izquierda y derecha, y en cambio importa mucho lo que piensa de ellos el grueso de la sociedad.

Así, se vuelve evidente que —como herramienta, como discurso—,  si lo que se quiere es transformar hoy nuestros países en clave de justicia social, el eje izquierda-derecha ha quedado obsoleto.

El caso colombiano

Y en Colombia es incluso peor. El macartismo estadounidense y la doctrina del enemigo interno han calado hasta los huesos mismos de nuestra sociedad. La cultura de la Guerra Fría aún respira en América Latina, y muestra de ello es el tremendo éxito de ese viejo fantasma de nuevo nombre: el llamado castrochavismo.

Es curioso que un neologismo tan infantil sea tan exitoso, y sería una tontería referirse a él si no fuera porque está diariamente en los labios de miles de colombianos. ¿Y qué es el castrochavismo en el imaginario popular? Sencillo: la izquierda —como enfermedad social— y todo lo que se le parezca.

Si la política, como lo proponen algunos (entre ellos, el politólogo español Íñigo Errejón), es ante todo la disputa por la construcción de un sentido, hoy podemos decir que el castrochavismo es el mayor éxito político del uribismo. Han logrado posicionar un mensaje, un enemigo común, un concepto que no tiene que ser real para empezar a tener profundas consecuencias en el escenario político.

¿Qué hacer entonces en Colombia si toda acción política que desafíe al statu quo será estigmatizada y marcada con el hierro de este neologismo? ¿Tiene sentido empezar a decir hasta el cansancio que el castrochavismo no existe, que es un invento barato, un eslogan de la ultraderecha, una prolongación discursiva de la Guerra fría, que los que apoyamos el fin de la guerra o desafiamos al establecimiento no queremos convertir a Colombia en un “infierno comunista”?

Sería entrar al terreno y usar los términos que propone el adversario. Sería un fracaso.

Nuevas coordenadas

Es ante estas limitaciones que se vuelve urgente buscar nuevas coordenadas para la acción política, nuevos relatos capaces de explicar las identidades y los antagonismos.

El siglo XXI de la incertidumbre, del abismo, ha sido más afortunado que el XX en proponer nuevos ejes. El movimiento Occupy Wall Street —que a decir de Noam Chomsky fue menos un movimiento que una táctica— acuñó en dos cifras la alarmante concentración de riqueza y poder del mundo de hoy: el 1% versus el 99%. En un lado, los multimillonarios y evasores fiscales, el maridaje perverso entre el poder político, económico y mediático; por el otro, la gente de a pie.

Pero no fueron los únicos. Al otro lado del Atlántico, en la España de 2014, Podemos nació y creció como la espuma al ponerle nombre a un enemigo común: “la casta”, ese conjunto de individuos que viste los trajes del bipartidismo, de la adversidad aparente, pero que en realidad trabaja con más consciencia de clase que cualquiera: consciencia de clase dirigente. Y desde muy temprano en Podemos postularon que el eje izquierda-derecha ya no tenía la misma utilidad que antes, y que por lo tanto convenía, para representar y explicar mejor la sociedad, plantear un nuevo eje vertical: arriba-abajo.

¿Hablamos de privilegios, de exenciones y evasión fiscal, de la omnipotente industria financiera? Son los de arriba. ¿Hablamos de la profesionalización de la política, de corrupción, del expolio del patrimonio público, del imperio del egoísmo y del crecimiento de la desigualdad? Es un orden cultural al servicio de los de arriba. Abajo, en cambio, estamos todos los demás (ese 99% de Occupy), los que necesitamos que se hable de derechos y de dignidad, de servicios públicos y de sostenibilidad; los que preferimos un tejido social solidario y una patria que nos pertenezca a todos.

Podemos tuvo un crecimiento sin precedentes (pasaron de ser un grupo de amigos de universidad que discutían en un programa de televisión de garaje a tener —al cabo de dos años y sin pedirle un solo euro a los bancos— cinco millones de votos y a gobernar en las principales ciudades de España, convirtiéndose en la oposición real al régimen). En 2017 sacaron un nuevo concepto: “la trama”. Ya no se trataba solo de una élite política, sino del entramado de puertas giratorias y cruce de favores entre cargos públicos, medios de comunicación y empresas privadas que constituyen una suerte de corrupción legal: los vasos comunicantes del poder.

Arriba-abajo, “la casta” y “la trama”, el 1% y el 99%, todos estos son esfuerzos por establecer nuevas coordenadas, nuevos relatos que sean más fértiles para la acción política y la transformación en clave de justicia social. Pero antes de Occupy Wall Street, antes de Podemos (y del crecimiento y la nueva estética de Jean-Luc Mélenchon, Jeremy Corbyn y Bernie Sanders), el 15-M español llenó las plazas impugnando el bipartidismo, el divorcio evidente entre las calles y las instituciones, entre las élites que parasitan el Estado y las mayorías sociales, y acuñaron un grito que resonó en medio mundo: “¡Democracia real ya!”.

No sólo era una consigna: era la recuperación de un eje político de dos mil quinientos años.

El eje griego

Porque lo que vivimos hoy no son democracias; son, cuanto mucho, proyectos democráticos más o menos encaminados. E incluso podríamos afirmar, como lo hace el helenista Pedro Olalla, que estos sistemas políticos en los que vivimos se parecen menos al proyecto de dignidad compartida de la democracia ateniense que al régimen de la República Romana: una ciudadanía con algunas garantías jurídicas pero sin derecho a la participación real en la política, y una clase dominante apenas legitimada por el favor popular.

La historia de la democracia es (como bien señala el profesor inglés John Dunn) sobre todo la historia de una palabra, la historia de una usurpación abusiva que se remonta a poco más de doscientos años, porque el concepto de un gobierno del pueblo fue rechazado —y desterrado del lenguaje político— por más de dos milenios. Semejante desafío para las élites era intolerable. Como ejemplo de esto, basta con ver que James Madison, uno de los “padres fundadores” de la constitución estadounidense y autoproclamado antidemócrata, llegó a escribir que el régimen representativo que estaban sacando adelante se caracterizaba por “la exclusión total del pueblo, en su carácter colectivo, de toda participación” en el gobierno.

El proyecto democrático ateniense asustaba y sigue asustando a las élites porque significa para ellos perder las riendas de la sociedad. No me refiero por democracia, pues, a un vano marco político de representación y procedimientos electorales, sino a algo que es menos una herramienta estadística y más una cultura, un proyecto de sociedad en el que el conjunto de la población asume su mayoría de edad, y por lo tanto su derecho y su deber de gestionar en condiciones de igualdad la convivencia y el territorio. Y ese sistema político que surge de la savia misma del humanismo tuvo siempre, dentro y fuera de Grecia, un gran adversario: el proyecto oligárquico.

Si Atenas fue la cuna de la democracia, el paradigma griego del proyecto oligárquico fue Esparta. De hecho, el apogeo de la democracia, el siglo de oro de Pericles, el momento de la historia en el que el poder real de una comunidad ha residido en el mayor número de gente al mismo tiempo, terminó cuando Esparta, al derrotar a Atenas al final de la Guerra del Peloponeso, le impuso el régimen oligárquico de los treinta tiranos.

La oligarquía es el gobierno de los pocos, mientras que la democracia tiene al pueblo siempre como referencia, como destino y razón de ser del ordenamiento político, y por ello esa frase no deja de ser cierta por ser famosa: “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Y si bien podemos hacerle muchos reparos al sistema político ateniense de entonces, lo fundamental es mirar al horizonte que señalaba: un proyecto de interdependencia, de dignidad compartida, de consciencia del territorio, de soberanía; un proyecto en el que la desigualdad económica no podía traducirse en poder político, en el que para el ciudadano era tan importante lo que sucedía adentro de su casa como afuera de ella, en el que la Asamblea —en la que podían participar todos los ciudadanos— era la máxima autoridad y el reino absoluto de la palabra, en el que los cargos públicos no eran representantes, sino empleados, y por lo tanto eran fiscalizados en cada instante, y en el que no había mayor crimen —ni traición— que perjudicar lo público para beneficiar el interés privado.

Grecia nos legó el horizonte democrático. También nos señaló el adversario: ese otro proyecto que esconde su rostro y su nombre, pero que está ahí, en el relato dominante, en las instituciones, y que reacciona con furia cada que alguien le mira a los ojos y lo llama por su verdadero nombre.

Lo revolucionario

No es la bandera de la izquierda la que permitirá el crecimiento de un proyecto que transforme efectivamente la catástrofe colombiana en un país de derechos, con paz y justicia social; es la bandera más revolucionaria posible: la bandera de la democracia.

Hay que reivindicar el sentido y la urgencia de ese proyecto de convivencia y dignidad compartida que surgió en Atenas hace dos mil quinientos años, y enfrentarlo al modelo establecido —pero disimulado— que considera que el país es la propiedad privada de un puñado de apellidos, y que todos los demás pertenecemos a una categoría distinta y estamos condenados a una eterna subordinación. Y es que aunque en muchos países hay fenómenos similares, por lo general son más difusos y menos estables. En Colombia, en cambio, el carácter oligárquico del poder es evidente (pocos países pueden, como Colombia, diseccionar su establecimiento en un árbol genealógico), y esa evidencia es su mayor debilidad. Pero no nos confiemos: si algo nos enseñan doscientos años de vida republicana es que no están dispuestos a apartarse dócilmente.

El relato debe estar en sintonía con el conflicto real. Algunos seguirán hablando de izquierda y derecha, pero quizás lo mejor es que empecemos a pensar y a trabajar en relación a nuevas coordenadas: las que señalan esos dos modelos antagónicos, esas dos actitudes, ese combate fundamental que el mundo de hoy hace cada vez más evidente. El antagonismo real —y la elección que nos toca hacer— es entre oligarquía y democracia.

 

Iván Olano Duque

Iván Olano Duque

Escritor

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