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Con otros ojos

Todas las personas aprenden con la discapacidad, quien la vive y quienes se relacionan con ella. La escuela San José en Funza, Cundinamarca (Colombia) corrobora esta mirada.

Por: Camilo Salas @SalasCamilo1

La primera vez que Sandra Muñoz vio a Miguel Ángel Cetina él no pudo verla. Estaba parado junto a la puerta de la Escuela San José de Funza, Cundinamarca (Colombia), aferrado a uno de los brazos de una funcionaria del Instituto Nacional para Ciegos (INCI).

–Quizá tenga miedo de entrar al colegio, es su primer día de clase– musitó la maestra. Pero no, la realidad era otra.

–El niño es ciego. ¿Tiene algún inconveniente?– le informó y cuestionó la dueña del brazo que apretaba Miguel Ángel.

–Para nada. ¿Qué puedo hacer por el niño?– respondió la maestra con una voz lapidada por los nervios.

–Tranquila– declaró la funcionaria que minutos antes la había cuestionado con severidad. –En estos días vendrá otra persona del INCI para capacitar a los maestros de la escuela–.

La primera semana fue una bandada de situaciones que jamás le habían pasado por la cabeza a Sandra: se vendaba los ojos para comprender la oscuridad, se escondía en una bodega contigua a su salón para llorar a cántaros y golpeaba sutilmente las cosas con el fin de atraer la atención del nuevo alumno.

Miguel Ángel Cetina tiene cinco años, no puede ver y cuenta con hipoacusia (discapacidad auditiva) y un retardo en su desarrollo, información que registra el diagnóstico que fue practicado por Famisanar, una entidad promotora de salud colombiana y el cual fue entregado por Maritza Rodríguez, su madre.

A la semana de estar conviviendo con Miguel, la maestra y los alumnos advirtieron que el niño prestaba atención a las actividades que desarrollaban y lo demostraba musitando sonidos. Para proteger a Miguel, los niños y niñas retiraban los obstáculos para que no se tropezara; es más, cuando estaba explorando el salón y botaba los lápices o los colores, los niños le preguntaban a la maestra si podían levantarlos para evitar algún accidente. Miguel no pronuncia una palabra, sólo se expresa con gemidos.

“Los maestros y yo acompañamos al niño en sus recorridos por la escuela, orientando sus pasos en diferentes direcciones. Además lo estimulamos por medio de ciertos masajes que logran relajarlo, movimientos que capta por breves instantes”, expresa Sandra mientras estira los brazos como si Miguel estuviera enfrente de ella.

Después de seis meses, el proceso que ha vivido Miguel ha superado las expectativas de Sandra y de los demás maestros. “El niño ha tenido contacto con pinceles, tijeras, rompecabezas de espumas y superficies de variadas texturas. Le gusta que cantemos y cuando lo hacemos, le juntamos las manos para que aplauda. Además, le encanta agitar las maracas y tocar el tambor”.

Aunque la institución educativa no cuenta con un espacio adecuado para acompañar a niños con alguna situación de discapacidad –el piso es quebradizo, algunos salones no tienen energía eléctrica y la cancha de fútbol se anega cuando llueve– el personal docente y los niños y niñas han propiciado un escenario adecuado para la vida de Miguel y para sus propias vidas. Los niños cuentan sus miedos, los maestros los escuchan con atención y diseñan novedosas actividades. Las palabras y las emociones hacen parte del menú cotidiano.

Miguel se ha integrado paulatinamente a los niños y al personal docente. En cualquier momento se desplaza por el aula haciendo un recorrido zigzagueante y palpa a quienes están a su alrededor; niños y niñas que participaron en actividades que estuvieron orientadas a sensibilizarlos sobre la discapacidad y sobre la importancia de aceptar y llamar a las personas por su nombre sin tener en cuenta su situación.

Hace un par de días la mamá de Miguel quiso cambiar al niño de sede porque su hermano también estudia en la escuela y, según ella, esto puede fomentar una dependencia. Sin embargo, luego de un par de gestiones y frustraciones, Maritza Rodríguez no encontró cupo y optó por reincorporarlo a la Escuela San José.

El diálogo con la mamá ha sido vital en este proceso; ella está consciente de que a Miguel aún le falta un tramo largo por recorrer y que necesita un apoyo continuo y cercano, motivo por el cual la escuela le facilitó una guía de actividades de fácil desarrollo para que pueda acompañar a su hijo diariamente.

“Miguel Ángel llegó a San José para transformarnos. Hoy comprendo que su llegada fue una oportunidad para aprender de los demás y reconocer la diversidad del mundo; gracias a él, a los niños y a los demás maestros, mi lectura del mundo es otra. Miguel nos dio la opción de ampliar la mirada y enriqueció la dinámica de la escuela, opción invaluable para labrar una educación integral”, pronuncia Sandra mientras recorre su salón.

Silencio. Atravieso las huellas de la maestra y evoco las palabras de Elena Poniatowska, una escritora que al igual que Sandra también reflexionó sobre la situación de estos niños. “¿Por qué los alumnos regulares tienen que estar en un salón y los que tienen discapacidad en otro? Finalmente, la diferencia entre ambos la hacemos los que estamos alrededor”.

 

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Camilo Salas Leguizamón

Camilo Salas Leguizamón

Comunicador Social y Periodista. Especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo. Educador para la paz y los Derechos Humanos. Premio de periodismo y comunicación del Banco Interamericano de Desarrollo “Sociedad para Todos 2004”.

1 Comment

  1. Fernando Silva
    Mayo 9, 2017 at 5:52 am — Responder

    Si se considera que el 10% de la población colombiana es discapacitada. ¿Cuantos millones de discapacitados son nuestros compatriotas? ¿Quien piensa en ellos diferente a sus familiares o sus allegados?

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