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El cuerpo del Estado: Sobre La muerte de Luis XIV de Albert Serra

Se trata de una película que representa el problema de la naturaleza de un hombre poderoso: su investidura ideológica y su existencia corporal; La muerte de Luis XIV (2016) de Albert Serra es una obra de arte que consigue expresar con sutileza esta contradicción, haciéndola surgir a partir de una reconstrucción de los momentos finales de la vida de un monarca.

 

Se tiende a pensar que los grandes hombres y mujeres de la historia, los inmensos personajes que determinaron el curso de la humanidad, no son afectados por la vida; que son sujetos sin cuerpo, puro receptáculo espiritual de representaciones, ideas y proyectos grandilocuentes, de valores y creencias supraindividuales. En ellos no caben las miserias de la vida, ni el hambre ni el deseo. Aunque se sabe de los vicios que a menudo gobiernan estas existencias poderosas, de los lujos vulgares y de su apetito voraz por todo lo terreno, esto obra en la consciencia colectiva simplemente como refuerzo tácito de aquella idea de inmensidad, como sostén del enorme significado viviente que son. El exceso y el desatino quedan relegados a simples accidentes que ceden su importancia ante el valor ideal del personaje. Una reflexión en este sentido se representa en la última película de Albert Serra, La muerte de Luis XIV (2016), protagonizada de manera extraordinaria por Jean-Pierre Léaud (Los cuatrocientos golpes). Esta producción, a través de su excelente montaje, de la articulación narrativa de tramos parsimoniosos con diálogos lánguidos, del esplendor de su vestuario y de una escenografía matizada con cierta opacidad general en los planos, consigue reconstruir la intimidad de los últimos días con vida del cuerpo de un rey. La película gana su importancia, justamente, porque logra mostrar la naturaleza compleja de la muerte de aquel que representa la totalidad de la vida política francesa y, sin embargo, se encuentra sometido a su determinación biológica, a su existencia finita. 

La película gana su importancia, justamente, porque logralogra mostrar la naturaleza compleja de la muerte de aquel que representa la totalidad de la vida política francesa”

La muerte de Luis XIV es una película que encierra al espectador en los aposentos reales y lo obliga a presenciar, junto a toda la corte, la lenta y progresiva degradación del cuerpo del monarca. Allí somos testigos de sus dolores, de su esfuerzo por recobrar el apetito, de sus  últimos gestos de condescendencia y de su esporádico interés por la cotilla. Se asiste a la impotencia absoluta de la medicina de la época, que bien parece más preocupada por conservar su privilegio que por recuperar objetivamente la salud del rey. En este contexto, Serra consigue presentar al espectador una doble imagen del monarca. Por un lado, el rey es todo aquello que el esplendor de sus ropajes y de su cuarto revelan: la grandeza de aquel que un día se declaró a sí mismo el Estado,  la presencia majestuosa de El Rey Sol; por otro, el cuerpo de este mismo hombre, hundido en su peluca estridente, sin apetito, condenado a una imparable expansión gangrenosa en su pierna. Lo que Serra muestra al espectador no es otra cosa que al hombre y al Estado postrados en una cama, una misma persona que encarna dos formas de vida. Esta particular imagen transmite cómo ambas existencias confluyen en una y, al mismo tiempo, enfrentan destinos diferentes.

La representada dualidad del rey remite al espectador a una idea que tiene sus orígenes en la concepción medieval de la autoridad. El rey, en su persona, encarna dos mundos, dos modos de existencia concomitantes que hacen a su figura portadora de un poder terrenal y, al mismo tiempo, trascendente. Esta es, precisamente, la idea explicada por Ernst Kantorowicz en su conocido libro Los dos cuerpos del rey (1957), donde se exponen, con gran lucidez histórica, las características propias del corpus mysticum de los gobernantes en la Edad Media. Su concepto de “realeza policéntrica” le sirve para explicar las razones históricas de esta confluencia de estratos ontológicos en la figura del gobernante. En su análisis, las interrelaciones históricas ─fortalecidas por proyectos político-teológicos comunes, presentes desde la baja hasta la alta Edad Media, y sostenidas a través del intercambio de símbolos, así como del préstamo de imágenes y del transvase de gestos y exposiciones performativas─ produjeron una experiencia híbrida de la autoridad, una visión polimórfica tanto del rey como de las autoridades religiosas, de los representantes tanto del poder terrenal como del divino. En la afirmación católica de “los dos cuerpos del señor” se encuentran las fuentes de la doble esencialidad del cuerpo del señor terrenal, del rey. Devienen justamente de esa dualidad las demás dualidades que caracterizan al poder político-teológico medieval: el poder encarnado en cuerpo natural y en cuerpo místico, la existencia personal y corporativa, la existencia individual y colectiva, etc. Con lo cual se tiene que la primera secularización histórica del cuerpo místico dio como resultado la mistificación del cuerpo terrenal del rey: el corpus mysticum se transforma en corpus reipublicae mysticum. Esta incorporación del espíritu, que sucede en las grandes autoridades, las inviste no sólo de un poder más allá de los límites de la vida terrenal, sino que transforma su naturaleza y modifica la percepción misma que se puede tener de sus determinaciones biológicas. Con ello, todo el proceso de desarrollo vital del monarca, así como las vicisitudes propias de su despliegue natural, se convierten en cuestiones trascendentales, asuntos de Estado, ficciones políticas. El nacimiento de un rey, su reproducción y su muerte, se transforman en signos de un carácter que supera la mera materialidad de la vida. 

El nacimiento de un rey, su reproducción y su muerte, se transforman en signos de un carácter que supera la mera materialidad de la vida.”

Pero esto sólo sucede en la distancia natural del hombre corriente respecto de los espacios de poder, en el aislamiento de la vida de los sujetos comunes. El carácter ideológico de esta dualidad se desvanece con la cercanía. En la intimidad de la recámara del rey surge la contraposición exacta, la verdadera pugna entre la existencia simbólica y la existencia natural. Esta cercanía es la que consigue la película de Serra: un arte despojado de toda pretensión idealista que nos muestra al hombre que aún pretende investirse de poder, y al poder que lo abandona a medida que la gangrena avanza.

En una entrevista con la cadena francesa Arte, Serra revela que el proyecto siempre había sido pensado para ser ejecutado por Jean-Pierre Léaud, quien habría de interpretar, del modo más natural posible, el ocaso humano del protagonista. La espontaneidad del personaje resulta vital para lograr el efecto natural de agotamiento y desgano que se puede seguir a lo largo del filme en la cara del monarca. Este elemento naturalista se articula con otros detalles formales que merecen ser mencionados. Es notorio que no sólo el espectador se encuentra encerrado presenciando la lenta agonía ─que se entremezcla con los caprichos propios de aquel cuerpo investido de poder─, sino que, además, se le aísla premeditadamente de todo acontecimiento histórico. El espectador no se entera de lo que sucede a las afueras de aquel cuarto de Versalles. La “ausencia de contexto” universaliza lo que sucede dentro de las paredes del palacio, configura en esa cercanía la subjetividad que padece. Este es un tema habitual en Serra ─a quien le interesa, justamente, esta subjetivación a través del dolor del cuerpo─, y lo logra representar al contraponer este dolor a la gran personalidad de quien lo padece.

Los instantes finales de la película revelan justamente la falacia que se esconde tras la mistificación de la persona de la autoridad. La doble esencia que se encarna en el rey se fragmenta. El cuerpo muere, la investidura queda suspendida: ésta permanece, la materia no. El destino del mito es otro que el de la carne. La investidura será ocupada por otro cuerpo, otro cuerpo que, a su vez,  habrá de morir. La expresión de resignación ante esta lógica infinita del gobierno se plasma en las palabras impotentes del médico de cabecera, para quien ─como lo revela casi de modo amenazante en el tramo final─ no hay más destino que “intentar hacerlo mejor la próxima vez”.

 The Death of Louis XIV (2016) on IMDb

Sebastián Tobón Velásquez

Sebastián Tobón Velásquez

Candidato a Doctor en Filosofía de la Goethe Universität Frankfurt. Asistente científico en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt (Alemania).

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