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La ideología de la no ideología. O sobre el conservadurismo flexible

Por: Sebastián Tobón @SebasTobn

 

El ambiente preelectoral en Colombia se ha tornado interesante. A diferencia de las últimas elecciones, donde forzosamente la inteligencia del electorado se redujo a la elección, casi darwiniana, del menor de los males ―entre aquel que nos salvaría del “mal absoluto” con la guerra total y aquel que pactaría con éste―, nos topamos ahora con una situación que, por fin, pero aún de modo tímido, se deja enmarcar dentro de algunas discusiones ideológicas. Es probable que esto sea una exageración bienintencionada, pues ―es cierto― no encontramos en el mercado electoral algo así como posiciones políticas absolutamente autoclarificadas; sin embargo, algunas de las discusiones que se han suscitado últimamente en la opinión pública ―cuando el juego de la mentira mediática lo ha permitido― han mostrado su relevancia en relación con el análisis político, incluso, dentro de ciertos círculos académicos e intelectuales. Probablemente, en ello mucho ha tenido que ver la desmovilización de la guerrilla, pues, sin la cuestión antisubversiva de por medio, los intercambios políticos se han visto compelidos a girar en torno a cuestiones un tanto más profundas y de interés general, a reflexionar sobre cosmovisiones políticas y a discutir concretamente en torno a las distintas visiones de país. En ese juego, en el que cada partido trata de ocupar un lugar en el espectro político según sus propios esquemas de valores, se revela la riqueza de algunas posiciones, así como la correlativa pobreza de aquellas perspectivas que permanecen ancladas a estados de cosas ya superados, aquellas visiones políticas que luchan mortalmente por no dejar que se diluya el miedo generalizado.

Particularmente, una cuestión ha surgido con cierta relevancia en el debate político nacional: el llamado “centro político”. Desde que apareció con cierta novedad en la pugna política colombiana, hemos intentado de todas las maneras posibles averiguar de qué va, al menos en su versión criolla. Ha sido toda una irrupción, pero aún no se alcanza a vislumbrar claramente la razón de esta perplejidad. Quizá se trata, justamente, de una dificultad connatural al objeto, que hace parte de su ambigüedad, o de su incapacidad para aclararse a sí mismo. La discusión académica ―así como la política, en algunos países como Francia y España― ha tratado de definir, con las dificultades propias de un acto de equilibrismo, cuáles son los valores políticos del “centro”. Como respuesta a esta pregunta, sólo se atina a señalar algunas cuestiones generales y meramente descriptivas. Se sabe, sin embargo, que el centro político está emparentado con una tendencia moral que se ha ido radicalizando en nuestra época. La “centralidad” trata de ocupar los marcos conceptuales abiertos por las luchas políticas del último tiempo a través de un impulso omniabarcador y un compromiso tímidamente selectivo. Un impulso omniabarcador, pues, en principio, todas las cuestiones sociales parecen ser de su interés. Las luchas igualitarias referentes a minorías étnicas o sexuales, las cuestiones medioambientales ―sobre todo en entornos urbanos― e, incluso, algunos problemas socioeconómicos, son tópicos que se inscriben dentro de su agenda intelectual. A la hora del compromiso concreto con medidas de choque, sin embargo, el enfoque centrista se determina por el cálculo político. Son el momento y la temperatura electoral los factores que revelan la oportunidad adecuada para hablar de esto o de aquello. No hay consistencia sino efecto. En este ir y venir, en esta toma de posición relativa, el “centrista” siempre tiene en muy buena estima ―y lo reitera cada vez que se presenta la oportunidad― sus capacidades técnicas para llevar a cabo las labores de gobierno. Es la técnica administrativa su poder principal, es la ultima ratio del discurso de “centro” y la cubierta que minimiza el impacto de aquella idea altamente desconcertante de una ideología de la no ideología.

En la lucha ideológica, sin embargo, esto pone en aprietos al centrista; éste se muestra distanciado de la inmediatez vulgar de la visión política conservadora y de sus expresiones: se aleja de su lenguaje, de sus maneras, de sus modales viciados por el poder incontestado o por el poder sin oposición. Rompe con esta visión como rompe un hijo tímido con el conjuro de poder de su padre. Se despoja del cinturón, del saco y de la corbata; elige una imagen fresca y juvenil. Se aparta de los modales caducos de la vieja aristocracia política, pero lo hace de un modo muy prudente. Es un repliegue que nunca sucede bajo la forma de un gran rechazo edípico; nunca el “centro” se afirma como diferencia robusta ―no vaya a ser que el padre se enoje demasiado―. Fundamentalmente, la política centrista no se aparta ideológicamente del conservadurismo, no rompe abiertamente con su estructura axiológica. Esto lo somete al fuego constante desde la izquierda y, a veces ―con un cierto guiño de por medio―, a la represión por parte de sus padres conservadores. En “la centralidad” la imagen del dominio brutal es modificada por la del amistoso pastoreo. La política de centro se consuma en el jefe juvenil, aquel amo pretendidamente amigo.

La situación histórico-política de la centralidad se revela problemática en la flexibilidad que, sin embargo, la emparenta materialmente con la derecha. Una tesis arriesgada, y no por ello falsa, demuestra que una de las características fundamentales de la derecha tradicional ―observable en el terreno de la crítica del dogmatismo comunista o del dogmatismo de izquierdas en general― es su capacidad para acomodarse a la circunstancia política. En esta idea se vislumbra la noción aparentemente contradictoria de un conservadurismo flexible. ¿Puede ser el conservadurismo, en verdad, flexible? En efecto. Se podría decir que, por definición, toda política de derecha es el esfuerzo de mantener en funcionamiento un modelo de producción al costo de giros políticos ideológicamente insospechados. En el corazón de la derecha late el capitalismo y la totalidad de sus mediaciones productivas. Para su defensa, puede recurrir a las más radicales constelaciones políticas, a las instituciones menos liberales, pero también puede ceder en sus formas, puede desplazarse un poco hacia las necesidades populares, etc. Esta es una cuestión bien estudiada en torno a las formaciones políticas totalitarias antiliberales del siglo XX. El nacionalsocialismo alemán fue prueba de esta tendencia conservadora. Aunque el discurso público de la propaganda del régimen apelaba al rechazo de la ética económica de banqueros y comerciantes judíos, y, en general, atacaba el economicismo capitalista como una fuente de degeneración social, el funcionamiento político nunca llegó a modificar la estructura productiva capitalista; todo lo contrario, la profundizó. Así, aquellos empresarios o banqueros que bien supieron congraciarse con el régimen (piénsese en Siemens, Thyssen Krupp, Deutsche Bank, etc.) lograron, al mismo tiempo que incrementaban brutalmente la riqueza, consolidar la base de aquella forma de producción supuestamente indeseable. El carácter de flexibilidad política del conservadurismo consiste, pues, en sostener esta forma productiva a través de todos los medios políticos. La forma exterior del régimen ―que, como es evidente, puede afectar la vida y la salud de los individuos― no es radical, como pretende aparecer, pues nunca modifica esencialmente la estructura básica de la sociedad; sólo precipita el viejo orden económico y lo profundiza. La experiencia latinoamericana con los totalitarismos neoliberales es probablemente la fase en la que se consuma esta tendencia histórica.

La política de centro es un esquema que repite, en lo esencial, los modelos más conservadores. Es un cambio performativo, a través del cual, no obstante, la estructura productiva capitalista permanece invariable; se consuma como una especie de impulso de repetición. Modifica las energías institucionales a través de las cuales se afecta la vida y la salud de los sujetos, sin modificar, finalmente, nada substancial en los modos materiales de producción y reproducción de la existencia. En la política de centro, para utilizar la expresión de Hinkelammert, las leyes del capital “se imponen a espaldas de los actores” políticos, permanecen en quietud constante dentro de la apariencia de transformación institucional. Se trata de un automatismo de la producción y del mercado que se extiende a lo largo del espectro político: cubre todas las expresiones políticas totalitarias y conservadoras, pasa por el centro y llega a engullir actores políticos de izquierda, como por ejemplo la contemporánea social-democracia.

En Colombia no es diferente. La opción de centro no sólo no presenta una transformación radical de la economía, sino que pretende expandir y continuar la tendencia neoliberal del emprendimiento y de la cultura de servidumbre técnica que se viene importando y aplicando desde los años noventa. En este sentido, en la entrevista del candidato presidencial Sergio Fajardo, publicada el 1 de Marzo de 2018 en el diario La República, se puede observar que no hay una propuesta de transformación radical de posesión de la tierra, no existen opciones al actual sistema de pensiones, y la política tributaria se fundamenta en el bien conocido y tabuizado temor neoliberal a “desestimular empresarios”, por lo que las cargas tributarias seguirán estando del lado de los consumidores.

Por otro lado, sin embargo, resulta muy llamativa la manera como se articula la lucha discursiva de la centralidad en Colombia. Su estrategia política resulta ser la más sorprendente, pues la ecuanimidad que determina todos sus gestos políticos no permite esperar que sea una replicadora de la campaña sucia proveniente de las esferas más conservadoras del país. En el fondo, sin embargo, todo esto es coherente con el rasgo reaccionario que arriba se intentó esbozar. Dado que la centralidad no comporta substancialmente ningún modelo realmente transformador, su estrategia política consiste, necesariamente, en la construcción y reconstrucción discursiva de un cierto estado de cosas radicalizado. Esto va muy bien con su ethos cosmético. Se trata de construir una narrativa específica que consiga despertar cierto temor por las transformaciones profundas ―sin importar si esta narrativa le viene bien también a la derecha, o mejor, a sabiendas de que esto lleva a la “centralidad” a convertirse en la única opción posible de la derecha―. La actitud es paradójica: tienen que renegar de la polarización general del país, pero deben construir antes el panorama de polarización para mostrarse como alternativa decente. Incluso cuando no exista esta polarización, se debe crear el fantasma de una división radical donde ellos se afirman negativamente como lo opuesto a los dos extremos.

El problema político que esto plantea no es menor. Zizek lo dejó claro en su análisis sobre las últimas elecciones francesas en Independent: “Nunca se debe olvidar que la causa última de la situación en la que estamos encerrados ―el ciclo vicioso de Le Pen y Macron― es la desaparición de una alternativa viable de izquierda”. La fuerza y los peligros de caer en el juego de la centralidad política radican en la tendencial animadversión por cualquier opción real de izquierda, por convertir la lucha política, finalmente, en un chantaje condensado en la buridánica elección entre las peligrosas políticas conservadoras de derecha o la autofundada decencia política del centro reaccionario. El chantaje es tanto peor cuando nos damos cuenta ―como he tratado de mostrar―  de que la relación filial entre el centro y la derecha hace que dicha elección tenga lugar entre opciones, en el fondo, iguales.

 

Sebastián Tobón Velásquez

Sebastián Tobón Velásquez

Candidato a Doctor en Filosofía de la Goethe Universität Frankfurt. Asistente científico en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt (Alemania).

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2 Comments

  1. Marzo 19, 2018 at 2:21 pm — Responder

    Todos los centros deben ser un punto de encuentro , un punto de llegada o un punto de partida.
    Es necesario llegar al punto .

  2. Marzo 21, 2018 at 9:43 pm — Responder

    Introduzco un factor nuevo. ¿De verdad que Ciudadanos ha ganado las lecciones en Cataluña? No lo parece, no se visualiza, no hay iniciativa para desbloquear la situación ni se aprovecha la oportunidad para denunciar, asumiendo el liderazgo institucional en Cataluña, todos los días las contradicciones y traiciones de los nacionalistas. Da igual si se pierde, lo importante es ofrecer a los catalanes una alternativa real de futuro, no puedo entender la pasividad de Ciudadanos, me da a mí que si Jordi Cañas estuviese en el papel de Inés Arrimadas las cosas serían muy distintas. Ese dolce far niente de Ciudadanos, a verlas venir, no se corresponde con el ADN de Ciudadanos que peca de exceso prudencia y conservadurismo.

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