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Nocturama: la praxis política en tiempos apolíticos

Nocturama (2016) describe un mundo en el que la revolución es urgente pero imposible. Esta película reflexiona sobre la precariedad política moderna y sobre las paradojas de toda acción política. ¿Puede haber revolución sin ideología? ¿Es posible la praxis política, en general, sin ideología? ¿Es  la ideología la condición necesaria de cualquier forma de acción política? ¿Qué sucede con formas de acción política que parecen motivadas por nada? ¿Qué le espera a la praxis política sin ideología?  Estas preguntas se vuelven más difíciles de responder en tanto conceptos como “revolución”, “praxis política” y “acción política” se vinculan con manifestaciones o tipos de protesta que, por su forma, están emparentados con el fenómeno del terrorismo, por todos conocido en el presente.  

“¿Qué le espera a la praxis política sin ideología?”

Atentar contra un monumento, contra un grupo de individuos, realizar una acción que transgreda el orden social, son todas cuestiones que, en la política disciplinar del presente, se subsumen fácilmente bajo el concepto hegemónico y omniabarcador del terrorismo. Que una acción pueda ser políticamente radical y, al mismo tiempo, logre escapar al poder del concepto es algo que en nuestro tiempo rara vez acontece. Sin importar si se trata de una acción ideológicamente motivada, de una mera reacción instintiva, o de una manifestación de fundamentalismo religioso, la política del presente ─en un efecto de succión y simbiosis─ integra todo fenómeno de protesta a las lógicas de poder hegemónico a través de la etiqueta del “terror”. Ante este panorama, una reflexión sobre la praxis política es más necesaria que nunca porque quizá nunca antes en la historia las posibilidades de esta praxis han sido menores: la praxis nunca fue tan impotente como hoy. La representación de una acción sin ideología, de una acción política radical y, al mismo tiempo, vacía, susceptible de ser integrada a través de categorías políticas automáticas, pero a la vez absolutamente trascendente, irreconciliable, es la que del modo más pertinente para el presente ofrece el director francés Bertrand Bonello en su película Nocturama (2016).

Sincronía

El motor de un helicóptero se reconoce poco antes de la aparición del título. In crescendo se desenvuelve el sonido hasta que, ante los ojos del espectador, surge una imagen panorámica de París desde los cielos. Tanto el motor de la nave como la representación abarcadora de la ciudad sugieren la idea de un poder omnipresente; la existencia concreta y material de la totalidad sobre la que gobiernan lógicas, instituciones y sujetos; la totalidad “coronada por el destino”. El Louvre, Notre Dame, el Jardín de las Tullerías, etc., se muestran como construcciones arquitectónicas que ─si seguimos la tesis de Alexander Kluge en Brutalität in Stein (1961)─ encarnan substancialmente el poder eterno de los hombres sobre los hombres. La grandilocuencia de la panorámica se contrasta de inmediato con una secuencia extendida de imágenes en las que unos jóvenes ─de apariencia y origen social diverso─ se mueven presurosamente dentro de las líneas del metro de Paris. El espectador sólo ve el movimiento exaltado de los protagonistas a los que la secuencia logra dar sincronía. Se mueven coordinadamente: miran sus celulares, escriben mensajes, toman fotos, arrojan sus teléfonos a la basura, caminan, guardan silencio, se miran, se ponen de pie al tiempo, salen de una estación, entran a otra, envían mensajes nuevamente…  Hay un ambiente de complicidad y nerviosismo que no se deja desentrañar a primera vista. El espectador no sabe nada, sólo sabe que ellos hacen algo. El espectador tampoco puede poner en juego sus prejuicios: sólo algunos de los personajes tienen apariencia no europea.  Entretanto, se superponen imágenes de un tiempo que no es el presente sincrónico que nos acaban de mostrar y que remiten al origen del grupo: encuentros en la escuela o en la oficina social; conversaciones acerca de un examen de historia, de las posibilidades de encontrar un empleo, estudian la Revolución de 1830 o se preguntan por la construcción de la colonne de Juillet mientras escuchan la Symphonie funèbre et triomphale de Berlioz. En todo ello se esboza la lógistica de un plan en el que, sin embargo, no se revelan los motivos concretos de lo que está sucediendo. Sin mediación se regresa una y otra vez al tiempo presente, insinuando que aquello que sucede tiene su origen en lo que se nos acaba de revelar. Ellos avanzan decididos con su plan, pero nunca actúan dogmáticamente. Hay asesinatos. A las siete y cuarto explotan cuatro bombas en distintos lugares de Paris.

Encierro

Tras los atentados los jóvenes se encierran en un centro comercial que, como se había previsto, sería desalojado después de los eventos y les daría durante la noche el tiempo suficiente para no ser localizados. Todo marcha según el plan. Con esto comienza el segmento más extenso de la película. Si en la primera parte se actuaba con decisión y todo transcurría según un plan, el encierro en estas tiendas, en cambio, aparece como tiempo muerto. Los jóvenes deambulan por los almacenes, se prueban ropa, escuchan música a todo volumen…  En todo esto no hay propósito, pero tampoco hay motivaciones. Están completamente aislados pues, intencionalmente, se han desconectado de cualquier red que los comunique con el exterior. Atrapados en un lugar sin ventanas y sin entradas, sólo pueden dedicarse a la contemplación y al disfrute espontáneo de mercancías, sin percatarse de lo que sucede afuera. Únicamente a través de unas pantallas de televisión ─que hacen las veces de ventanas a la realidad─ pueden los jóvenes encerrados dentro de esta mónada de consumo tener acceso ocasional a una porción de lo real. No saben qué sucede. Les informan que nadie se ha atribuido el hecho y que pronto se tendrá razón concreta. Esta representación metafórica de una realidad asfixiante al interior del mundo del mercado ─y al mismo tiempo atravesada por los aparatos cognitivos artificiales de los medios de comunicación─ se logra con elegancia a lo largo de estas escenas finales. Aquí los perpetradores no comparten nada significativo entre sí: no hay más comunidad. Acaban de iniciar una revolución, de atentar contra símbolos, edificios y personas que representan algo que ─supone el espectador─ querían transformar, pero su nerviosismo, sus actitudes erráticas, su comportamiento simple e instintivo, no remiten de inmediato a la idea de una acción lograda, de un proyecto político que enmarque sus acciones y les permita juzgar el acto como éxito o fracaso. Están allí atrapados como sin querer, pero han seguido cabalmente su propio plan. Parecen animales en cautiverio. No es casualidad el nombre elegido para esta película, pues Nocturama ─aparte de ser el nombre de un trabajo discográfico de Nick Cave─ es el lugar de un zoológico donde se encuentran aislados los animales nocturnos.

Por otro lado, la película tampoco permite atrapar fácilmente el significado de este encierro. Si se siguen las ideas expuestas arriba, más que de hacer una elaboración sobre la evidente relación del enclaustramiento de los protagonistas al interior del mundo del consumo ─consumo que, incluso, les otorga identidad: sólo piénsese en la conmovedora y enigmática escena en la que uno de los implicados se encuentra de frente a un maniquí que lleva puesta su misma ropa deportiva─, se trata, antes bien, de poner en relación el mundo creado por el director en la primera parte ─el mundo de la acción y la decisión política, el de la transgresión violenta de la violencia de las instituciones─; se trata de contrastar la aparente actitud política de estos jóvenes con la completa despolitización y desarticulación de los personajes en la segunda etapa de la historia.

Esta es una cuestión que el mismo Bonello ya había intentado tematizar en una de sus producciones más tempranas,  Le Pornographe (2001). Esta es la historia de Jacques, un director de películas porno que encontró su vocación como resultado del ambiente de liberación sexual de los años sesenta, y quien se encuentra moralmente enfrentado a su hijo Joseph, militante de un grupo de jóvenes radicales que critican a través del rigorismo moral los excesos y el libertinaje heredados de aquellos años revolucionarios. La crítica se consuma en una acción de protesta, consistente en guardar absoluto silencio. No había en ello un proyecto social ni político concreto, sino simplemente un acto, un gesto de oposición. No parecía haber un programa ni un sistema doctrinario en el que su acción se apoyara. La pura performatividad de la protesta concluye con la ruptura de Joseph con el grupo: elige una vida amorosa tranquila al lado de su novia, con quien al final tiene un hijo. Es decir, su protesta termina en el encierro voluntario dentro de la institución familiar tradicional.

Este mismo esquema es el que nos muestra Nocturama con un tono político más radical y con una mayor fuerza expresiva. Por un lado, representa la posibilidad de la acción política como mera acción y, por el otro, el poder irresistible de las lógicas sociales para capturar la protesta dentro de sus marcos conservadores y autoreproductores. La imagen que logra construir Nocturama es la del momento instintivo en el que la protesta se alza como algo necesario; al lado de éste, sin embargo, también se nos presenta la visión surreal de aquel sujeto revolucionario siendo reintegrado al fluir amorfo de un metabolismo social e histórico preexistentes. Y ninguno de estos dos elementos se deja de lado porque una reflexión consciente sobre la praxis política debe conservar ambas dimensiones como parte de un mismo diagnóstico: se trata de la necesidad incondicionada de una transformación social, de la transgresión del orden imperante y sus lógicas indignas y, al mismo tiempo, del bloqueo social de todo horizonte revolucionario. También se puede tratar de una reflexión consciente acerca de la superficialidad de estos horizontes cuando la situación concreta es tan asfixiante. Se podrían recordar en este contexto las palabras de Fabian von Schlabrendorff, el oficial alemán que planeó ─al interior mismo de las filas del nazismo─ acabar con la vida de Hitler el veinte de julio de 1944. A la pregunta por las razones de dicho acto  ─que pudo poner en riesgo no sólo su vida sino la de muchas personas─, respondió: “Hay situaciones que son tan insoportables, que uno simplemente no puede participar más, da completamente igual lo que ocurra, y le es a uno mucho más indiferente lo que pueda suceder en el intento”. Algo de esta espontaneidad hay en Nocturama, donde la inmediatez de las intenciones políticas y la apariencia de vacío ideológico se entremezclan con la visión pesimista de Bonello, quien deja atrapado a sus sujetos revolucionarios en una jaula de hierro de la que sólo se sale muerto.

Retoma

“El poder de la inmanencia social se manifiesta en cada dispositivo que aparece, en cada locación; es espacial y material, pero, al mismo tiempo, abstracto: cámaras de seguridad, edificios, agentes de vigilancia formales o informales, armas de fuego, bombas, automóviles, noticieros.”

Uno de los detalles llamativos de esta película tiene que ver con la presencia del poder político. Sabemos que los ataques se llevaron a cabo contra instituciones políticas y económicas, contra sujetos poderosos o estructuras que representaban un poder fáctico en el mundo. Sin embargo, las referencias directas a estos sujetos poderosos son absolutamente vagas. En ninguna escena ─aparte de aquella en la que uno de los perpetradores se reúne con el ministro del interior como parte del plan─ el poder político hace acto de presencia. Ni siquiera en las imágenes entrecortadas que se transmiten por televisión se logra ver un rostro que represente el poder. Y esto es intencional. En la medida en que el poder que se quiere representar aquí es aquel del que participan, incluso, los propios agentes de la revolución, Bonello debe mostrar que este poder yace en cada momento y en cada espacio de la realidad; el poder de la inmanencia social se manifiesta en cada dispositivo que aparece, en cada locación; es espacial y material, pero, al mismo tiempo, abstracto: cámaras de seguridad, edificios, agentes de vigilancia formales o informales, armas de fuego, bombas, automóviles, noticieros. El poder se vislumbra tanto en la fascinación de los jóvenes ante la abundancia infinita de mercancías como en la actitud festiva de los indigentes comensales quienes, aprovechando la oportunidad y la invitación, se dispensan la ficción de vivir una noche como individuos poderosos. Sin embargo, todo este poder abandona el anonimato ante la inmanencia del caos; se hace presente en los segmentos finales de la película en los que ─sin ninguna espectacularidad formal y sin ningún amago de combatividad por parte de los adolescentes allí escondidos─ las fuerzas especiales logran la retoma del centro comercial. Estas secuencias son elocuentes: sin gestos, sin palabras, con absoluta impasibilidad y naturalidad la policía consigue volver la vida a la normalidad. La policía pone punto final a la aventura y los clientes podrán hacer sus compras sin mayores inconvenientes al siguiente día.

Así pues, esta película ─cuyo guion se escribió desde 2011, pero que a causa de la sensibilidad política francesa tras los constantes ataques terroristas tuvo que retrasar su rodaje definitivo valiéndole éste de todos modos el veto en Cannes─ corona su elegancia formal con este final cerrado que debe dejar perpleja a la mayoría de sus espectadores. En Nocturama no hay nada que se deje reconciliar con la consciencia política de nuestra época, y en ello, justamente, reside su alto valor artístico.

Sebastián Tobón @SebasTobn

 


Director: Bertrand Bonello
Año:
2016
Pais: Francia/Alemania/Belgica
Duración: 130 minutos
 Nocturama (2016) on IMDb

 

 

Sebastián Tobón Velásquez

Sebastián Tobón Velásquez

Candidato a Doctor en Filosofía de la Goethe Universität Frankfurt. Asistente científico en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt (Alemania).

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