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Petro: entre el odio y el miedo

Hay dos estrategias recurrentes que usan los detractores de Petro para señalar la inconveniencia de votar por él y lo peligroso que resultaría un gobierno suyo. De un lado se dice que el discurso de Petro es incendiario y suscita el odio de clases, que un eventual gobierno suyo dividirá el país entre ricos y pobres, en lugar de buscar la reconciliación y la unión entre todos. Por otro lado se afirma que Petro suscita miedo, y esto por las razones más variadas: por su pasado guerrillero, por su gestión como alcalde de Bogotá, por su talante autoritario, y en últimas (la razón más difusa pero tal vez la más efectiva) porque él encarna el ‘castrochavismo’ que convertirá a Colombia en una nueva Venezuela.

Lo primero que destaco en estas estrategias es que ambas, más allá de las razones y los argumentos, recurren en último término a emociones básicas del ser humano: el odio y el miedo. No hay que votar por Petro porque incita al odio, no hay que votar por Petro porque infunde miedo. O mejor, se apela al rechazo natural del votante hacia un sentimiento dañino como el odio, al tiempo que se trata de suscitar en él mismo el sentimiento (también dañino) del miedo.

Ahora bien, que se apele a las emociones y sentimientos como estrategia electoral no tiene en sí nada de reprochable. Es evidente que el juego político dista mucho de ser un campo racional donde los argumentos se sopesaran con toda neutralidad y donde al final triunfara el más sólido y el mejor sustentado. Y esto no es solamente una lección de Realpolitik. Las emociones y los sentimientos ocupan un lugar central en el campo de lo político, no solo porque de hecho lo tengan, sino sobre todo porque estos aspectos emotivos constituyen quizás el elemento constitutivo de la vida en comunidad. En otras palabras porque una comunidad política no se funda ni se sostiene con la simple fuerza de los argumentos racionales sino que vive y es efectiva solo en tanto a sus miembros los cohesione vínculos de tipo afectivo. Este punto de vista tiene una larga tradición en la filosofía política, desde Rousseau con su idea de que una especie de ‘religión civil’ era necesaria para la consolidación de la comunidad política porque solo los lazos emocionales que crea la religión generarían fuertes identificaciones entre individuos, hasta Judith Butler quien considera que un sentimiento como el de la solidaridad es la emoción política básica más allá de cualquier arreglo institucional o normativo.

Esta primacía de lo afectivo se ha captado bien en las distintas campañas de estas elecciones. La de Petro insiste en una política del ‘amor’, mientras que Fajardo o De la Calle apelan a la ‘esperanza’. Ahora bien, aunque ya debe resultar claro que una cosa es querer cohesionar la comunidad en torno a la esperanza o el amor, y otra muy distinta aglutinar a los individuos desde el miedo; es decir aunque es claro que el proyecto de nación que en cada caso resulta es muy distinto, no es en eso en lo que quiero detenerme. Lo que quiero es detenerme en las dos estrategias antipetristas que mencioné al comienzo: la de mostrarlo como el candidato del odio y la de suscitar en el votante miedo ante su persona y su propuesta. Ahora, aunque es evidente que ambas estrategias están ligadas, las analizaré por separado.

La idea de que Petro incita al odio se funda en una confusión entre dos emociones muy distintas: el odio y la indignación. A mi modo de ver Petro no invita al odio, menos al odio de clases, sino que canaliza una indignación ya existente entre enormes sectores de la población. Se trata de cosas muy distintas: el odio es una emoción básica inmediata, es decir sin mediaciones, aparece muchas veces porque sí, sin mayor motivo o justificación. Por eso nos resulta en ocasiones tan difícil explicar porque algo o alguien nos despierta odio. La indignación por el contrario resulta mucho más compleja. Se trata de un sentimiento moral de sublevación o protesta ante algo que se experimenta como una injusticia. El punto es que el discurso de Petro no invita a un odio gratuito hacia los ricos, los terratenientes o los uribistas; más bien él moviliza la genuina indignación que se siente ante las enormes inequidades sociales de uno de los países más desiguales del mundo, ante los escándalos de corrupción de las clases dirigentes y empresariales, ante la impunidad reinante, ante el cinismo y la mentira como estrategia política, etc.

Por lo demás el odio resulta ser un sentimiento negativo e improductivo en términos políticos pues hace que las tensiones propias de toda sociedad se conviertan en fracturas irresolubles, impide la formación de acuerdos y bloquea canales de cooperación entre grupos distintos, que son esenciales para la vida social. Por su naturaleza el odio no escucha razones y por ello parte del ejercicio político consiste en transformar los odios irracionales en conflictos que se puedan tramitar y negociar para que no obstaculicen el despliegue vital de las comunidades. La indignación por su parte es de otro talante: ella no es improductiva sino que ha estado a la base de las grandes transformaciones sociales de la historia, aguzando el sentido para las injusticias que se ocultan muchas veces en las prácticas sociales más comunes, y denunciando toda forma de arbitrariedad y de dominación ilegítimas. Mientras el odio estanca, la indignación impulsa a las sociedades hacia prácticas y diseños institucionales más justos e incluyentes.

Ahora bien, es absurdo suponer que la injusticia que denuncia la indignación se reduzca a la simple existencia de ricos y pobres. El sentido de la justicia (o de la injusticia) que se despierta antes las desigualdades sociales y que el petrismo canaliza hacia la indignación, no desemboca en el odio de clases. Lo que se experimenta como injusto en la desigualdad social no es que existan en sí ricos y pobres; la indignación no surge por el mero hecho de que existan minorías favorecidas al lado de mayorías olvidadas y excluidas. Lo injusto que indigna en esto es que esas minorías favorecidas hayan obtenido su poder, su dinero y sus privilegios con base en criterios de distribución que no han sido debatidos por todos y que se han impuesto de manera arbitraria, a veces violenta, o por la simple inercia de las cosas y la fuerza de la costumbre. En ese sentido Petro no promueve el odio hacia el rico como tal, sino que moviliza la indignación ya existente en la ciudadanía contra criterios de justificación de ciertas prácticas sociales que han sido impuestas por una minoría y por ello son excluyentes e ilegítimas.

No consideramos injusto en sí que alguien tenga dinero o poder político; en cambio experimentamos la injusticia cuando estos bienes se han obtenido apelando a criterios como la raza, el apellido, la pertenencia a determinados clanes de poder, o por supuesto la brutalidad de la violencia física. Lo injusto yace en que estos criterios se han impuesto sin el concurso de todos, que me excluyen de la participación en la vida pública, cuya primera exigencia en sociedades democráticas es la de que todos puedan participar (de una u otra manera) en la elaboración de las normas que rigen lo social. Por eso no se trata para Petro de ‘quitarle a los ricos para darle a los pobres’, sino más bien de incluir a los pobres y a todos los demás marginados de la vida pública (desempleados, madres solteras, víctimas, minorías de género, pero también esa enorme clase media olvidada, etc) en el ámbito de lo político donde se toman las decisiones que deben contar para todos, y del que han estado históricamente excluidos. No se trata pues de expropiar y quitar bienes para generar una especie de igualitarismo radical, sino de hacer que todo colombiano cuente como sujeto político, es decir como sujeto de justificación (al decir de Reiner Forster), es decir como individuo que puede exigir justificaciones de las normas y los criterios de distribución por los que se va a regir. No se trata tanto de que la gente ‘tenga’ (cosas, tierras, bienes) sino más bien de que la gente ‘cuente’ como alguien valioso y activo en su sociedad. Esa es la única forma de populismo de la que se puede acusar a Petro.

Por otra parte, existe la estrategia de suscitar el miedo ante la figura de Petro. No me interesa mostrar aquí lo infundadas que resultan la mayoría de planteamientos en este sentido. La amenaza del castrochavismo p.e. resulta tan etérea y fácil de desmontar que no vale la pena volver sobre esto.

Quiero quedarme más bien al nivel del análisis de las emociones, en este caso del miedo. Este resulta una emoción tremendamente efectiva en el plano político en comparación con otras emociones más ‘positivas’, pero más difusas como la esperanza. ¿Por qué? En primer lugar porque el miedo moviliza temores ligados a dimensiones elementales de la vida humana, y por ello el miedo a Petro se convierte hábilmente en miedo al ‘castrochavismo’ es decir: miedo a perder el empleo, miedo a no tener que comer, miedo a no poder mantener la familia. Por contraste con esta cercanía casi palpable con el objeto del miedo, una emoción como la de la esperanza tiene sus referentes en elementos más difusos e intangibles. La esperanza nos pide soñar con situaciones difíciles de materializar, nos pide p.e. imaginar un ‘país en paz’ o una ‘sociedad más justa’, pero imágenes de este tipo resultan difíciles de concretar y por ello no movilizan ni orientan las conductas de los individuos. – Mucha gente que no vota suele decir que no lo hacen porque gane quien gane ‘en todo caso debe trabajar al día siguiente de las elecciones’. Pues bien, gente así resulta más fácil de llevar a las urnas por aquellos que propagan el miedo que por los que invitan a la esperanza: votan más fácil por el miedo concreto a perder el trabajo que por la promesa intangible de una sociedad mejor.

Pero en relación con esto existe una segunda razón por la que el miedo es más efectivo que otras emociones constructivas, y tiene que ver con esa tonalidad anímica tan propia del colombiano que el sociólogo Daniel Pécaut ha descrito con mucha claridad. Se trata de esa fijación del colombiano en el pasado, de su incapacidad para mirar al futuro, de un sentimiento de derrotismo y resignación que invade imperceptiblemente a los individuos y que crea una atmósfera de estancamiento, como en ese tiempo mítico de las novelas de García Marquez en las que no pasa nunca nada, y en las que lo nuevo es una repetición de lo de siempre. Volcada hacia el pasado, atenazada a una violencia originaria de la que no puede desprenderse, la nación colombiana resulta incapaz de proyectarse hacia adelante y por ello, dice Pécaut, se trata de un país reacio a todas las ideologías del progreso. A mi modo de ver una atmósfera anímica así resulta favorable al miedo y reacia a la esperanza, porque esta última nos obliga a mirar adelante, pero el miedo nos mantiene atados a lo de siempre, aunque esto de siempre sea la injusticia y la desigualdad. Por ello, el miedo que despierta Petro, más allá de las razones ‘objetivas’ que se esgrimen (y en las que quizás solo muy pocos seriamente creen), resulta favorecido en este ambiente en el que es mejor votar por un malo bien conocido que por un bueno del que no se sabe que va a resultar. De allí que la opción Petro aparezca no pocas veces como un ‘salto al vacío’, o que se diga, de manera harto paradójica, que el país ‘no está listo para ella’.

 

Luis Eduardo Gama

Luis Eduardo Gama

Luis Eduardo Gama

Profesor de filosofía en Universidad Nacional de Colombia. Maestría en Filosofía de Universidad Nacional de Colombia. Doctorado en Filosofía de Universitat Heidelberg Ruprecht Karl.

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