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Ser negro en Estados Unidos: Sobre I’m not your Negro de Raoul Peck

Raoul Peck le da voz a la obra inacabada de James Baldwin, quien reconstruye la historia de lucha de Medgar Evers, Malcom X y Martin Luther King y, al mismo tiempo, se pregunta por la condición del ser negro en Estados Unidos. Esta es una película ensayística que reflexiona sobre la configuración histórica de la imagen del negro en Estados Unidos y sobre la construcción de esta nación norteamericana.

 

“… A menudo sientes como yo encorvamientos

que se despiertan después de los siglos asesinos

 y hacen sangrar en tu carne las antiguas heridas…”

—Jean-Fernand Brierre

Quien empatiza con la historia de dolor y sufrimiento del negro en Estados Unidos sabe también que su situación ha cambiado en el curso de los siglos sólo superficialmente. Bien podría uno, de antemano, reconocer las transformaciones políticas que han hecho posible, en alguna medida, la dignificación del negro. Se podría celebrar como hecho excepcional que ya no sea torturado en plantaciones o relegado a una vida subterránea y servil; que no sea arrancado de su tierra, transportado por la fuerza para servir de mano de obra barata y crear riqueza ajena; se podría señalar todo ello como progreso y olvidar, sin más también, la situación precaria de los negros en el presente, la guettificación o las condiciones de inseguridad generalizada frente a las autoridades en Estados Unidos. De ahí que la situación del negro hoy no se pueda denominar de otra manera que como paradójica. Su progreso ─como muchos otros progresos de la humanidad─ está atravesado, de comienzo a fin, por dinámicas regresivas que se renuevan y se transforman. Y esta situación paradójica poco tiene que ver con la falta de esfuerzos políticos o con la ausencia de espíritu de lucha en la comunidad negra, pues la historia del negro es la historia de una lucha.

Poco tiene que ver, entonces, con la falta de voluntad del oprimido para presentarse ante la sociedad como un sujeto digno y con derechos, pero sí mucho, por el contrario, con la construcción histórica de una imagen cultural específica dentro de la que el negro estadounidense ─y, muy probablemente, cualquier negro en el mundo─ se encuentra aún atrapado. Esta construcción de la imagen del negro está íntimamente ligada al nacimiento de la idea de Estados Unidos como nación. Este es el tema fundamental de la película ensayística de Raoul Peck I’m not your Negro (2016). Con ella se pretende dar voz a la obra incompleta del guionista, cronista y escritor estadounidense James Baldwin a través de un montaje narrativo de su novela inacabada y no publicada Remember this House, en la que cuenta la historia del asesinato de sus tres grandes amigos: Medgar Evers, Malcom X y Martin Luther King.

 

Algunas cuestiones sobre la forma

Los aspectos formales de la película son de resaltar, aunque su análisis no puede desligarse de la intención material de Peck de reconstruir no sólo el pensamiento de Baldwin, sino también de presentar convincentemente una reflexión crítica sobre el devenir histórico de la comprensión y autocomprensión del negro en Estados Unidos. Remember this House es una obra que, además de ocuparse de las contradicciones históricas de la vida del negro ─a través de la visión lúcida de un negro que realiza en sí mismo la experiencia de dicha contradicción─, logra también proveer, partiendo del análisis de la industria cultural estadounidense, una imagen clara de cómo el ser del negro ha sido moldeado y constituido a partir de las necesidades concretas de la comunidad blanca. Esto lo logra Peck brillantemente por medio de una constante yuxtaposición de imágenes provenientes de producciones fílmicas en las que ─tal como Baldwin intenta exponer─ se erige el inconsciente cultural de Estados Unidos y con ello, al mismo tiempo, una representación específica del ser negro en esta nación norteamericana. Películas como King Kong (1933), The Monster Walks (1932), They won’t forget (1937), entre otras, sirven a la finalidad estética de proveer al espectador una imagen concreta que explica bien la posición histórica del negro en la cultura estadounidense, en la construcción de una imagen artificial de raíces psicóticas en la que la otredad del negro ─que no pudo ser eliminada y sometida─ es reinterpretada y resignificada a partir del miedo fundamental del blanco ante aquello que no logró acercar por otros medios morales. Esta yuxtaposición de narraciones dentro de la narración principal se ve complementada con imágenes documentales de la época de Baldwin en las que se muestra al escritor ante auditorios llenos de gente, realizando vehementes intervenciones académicas y políticas, así como todo tipo de manifestaciones públicas en favor de los derechos civiles de los negros, o revueltas de sujetos blancos (muchas) en contra de la integración racial.

Todas estas imágenes documentales que complementan la creación arbitraria del imaginario racial a través de la industria cultural son atravesadas, cada tanto, por imágenes de nuestro presente histórico en las que queda de relieve el hecho fundamental que ya se mencionaba al comienzo de este escrito: la situación del negro sólo ha cambiado de manera superficial. Poco habría que dudar de ello cuando se considera la crueldad y el salvajismo que surgió como reacción a las protestas de Birmingham en 1960 y de Ferguson en 2015. Que los reclamos sociales ─justos─ del negro despierten tal nivel de animadversión y brutalidad institucional revela sutilmente la estructura psicológica y cultural que subyace a la vida aparentemente democrática de la sociedad estadounidense. Lo que se mantiene intacto a nivel económico y social ─la desigualdad del negro─ no se logra romper sino a través de medios políticos expresivos que desatan, de parte de la policía y de la parte blanca de la sociedad estadounidense, la más cruda barbarie. Todas estas rememoraciones son presentadas al espectador en la voz de Baldwin, quien habla por sí mismo la mayoría de las veces, y de Samuel L. Jackson, quien habla por Baldwin cuando éste ya no puede hablar por sí mismo.

I’m not your Negro es un esfuerzo fílmico, pictórico y narrativo que quiere dar fuerza a una verdad que no es la del director; la intención, por el contrario, es transmitir sin intermediarios la verdad de Baldwin, quien, a través de su experiencia vivida como negro y homosexual, se erige como testigo privilegiado de las luchas políticas de su comunidad.”

Es claro que Raoul Peck no está interesado en construir un texto sobre la cuestión negra estadounidense ─no pretende ofrecer una interpretación de la obra de Baldwin─ sino dejar hablar a éste, con su propia voz, tanto como es posible. Las implicaciones de esto son claras, pues I’m not your Negro es un esfuerzo fílmico, pictórico y narrativo que quiere dar fuerza a una verdad que no es la del director; la intención, por el contrario, es transmitir sin intermediarios la verdad de Baldwin, quien, a través de su experiencia vivida como negro y homosexual, se erige como testigo privilegiado de las luchas políticas de su comunidad. Se podría afirmar, incluso, que la verdad que esta construcción fílmica otorga no es tampoco la verdad personal de Baldwin sino la de toda la historia de Estados Unidos, la de la historia de los negros en general, respecto de la cual Baldwin es apenas un testigo ocular y un intérprete.

 

La construcción histórica del negro

Esta película avanza, entonces, en dos sentidos a la vez: en un sentido histórico, en el cual Baldwin reconstruye las luchas afroamericanas en cabeza de sus tres amigos Medgar Evers, Malcom X y Martin Luther King,  pero también en un sentido que podríamos llamar  metahistórico, en el que lo que preocupa a Baldwin atañe al problema de la construcción histórica y cultural de la imagen del negro. Este último es, probablemente, el enfoque más fuerte de la película y el que obligaría a un análisis más detallado.

Una de las entrevistas que documenta el filme sirve de lugar central para abordar esta cuestión. En el show de Dick Cavett, de 1968, James Baldwin es interpelado respecto al progreso social de la comunidad negra en Estados Unidos con la pregunta: “¿Por qué los negros no son optimistas?” Ante el hecho de que ahora ocupan ciertos lugares en instituciones, son relativamente respetados socialmente y ya no son esclavizados, Dick Cavett supone ─no sin ironía─ que la situación del negro ha mejorado. Con un tono siempre moralmente categórico, pero comprensivo de la ingenuidad que naturalmente impregna la pregunta de su entrevistador, Baldwin responde: “Siendo honestos, no creo que haya mucha esperanza mientras la gente siga usando este lenguaje peculiar. No es una cuestión de lo que pasa con los negros aquí, o con la gente de color aquí. Esa es una pregunta fuerte para mí, pero la verdadera pregunta es ─lo repito─ ¿qué pasará con el país?”. Es decir, la pregunta por el negro no se puede aislar de la pregunta por el blanco, pues la cuestión del negro es una cuestión que ha sido introducida, sobre todo, por el blanco, y con la cual ─o a través de la cual─ ha percibido al negro a lo largo de la historia. Está claro, además, el presupuesto del que parte Baldwin: no se puede hablar de nación, de la constitución histórica de la nación norteamericana, sin considerar de cerca la historia del negro, tanto la historia de absoluta indignidad que dio origen a las luchas civiles, como la historia reciente del negro en la cual éste no ha logrado una emancipación más allá del orden meramente político.

En la película la pregunta por el ser negro implica, a su vez, una pregunta por la expresión “negro”. No sólo impugna el uso de la palabra ─la definición cultural que presupone la expresión “negro”, la cápsula vital y existencial que construyó el blanco para desembarazarse de aquello incómodo e inaprehensible─, sino que,  al mismo tiempo, permite considerar cómo el ser negro se constituye simultáneamente en herramienta de liberación; es decir, cómo el factum de ser heterónomamente construido a través de nociones que son ajenas a las propias necesidades de la comunidad negra sirve, a su vez, de condición para la comprensión y apropiación de la situación particular en la que ésta vive. Aquí podría pensarse en la tesis de Sartre en Orfeo Negro, pues lo que el negro ha construido como producto del propio padecimiento, de la propia indignidad, pero también de su proceso de dignificación y liberación, es la idea misma del ser negro, la idea de la negrez, que antes le ha sido atribuida y que, al ser apropiada por el oprimido, se convierte en una noción transgresora. La negrez es el concepto revolucionario que Sartre identifica como aquello que el negro tiene para ofrecerle al mundo. Es esta experiencia el elemento fundamental dentro de la cuestión negra y es el fundamento de cualquier crítica de la condición del ser negro.

Un segmento posterior de la entrevista de Baldwin con Dick Cavett muestra la importancia de esta experiencia específica de la negrez. El profesor de filosofía en Yale, Paul Weiss, quien fue también invitado al show y a quien se le preguntó por la opinión de Baldwin acerca de la experiencia negra en Estados Unidos, pretendió reinterpretar el problema del racismo con fundamento en una visión puramente humanista. Este aspecto puramente humanista difería de la visión de Baldwin en tanto buscaba interpretar el asunto desde un punto de vista idealistamente existencial: el sufrimiento en el mundo es universal, no es una cuestión de blancos y negros. Así, intentaba Weiss esquivar lo problemático del asunto al reducir abstractamente la experiencia del blanco y al reproducir, de un modo no poco paradójico, aquella imagen que el blanco prefiere de sí mismo: “Cada uno de nosotros se encuentra terriblemente solo (…), entonces, ¿por qué tenemos que concentrarnos en el color?”. La respuesta de Weiss no esconde el aburrimiento y la desidia por la naturaleza condescendiente del tema. La réplica de Baldwin, sin embargo, es tan enérgica como verdadera en sentido moral; es el vehículo de una indignación que sólo puede pertenecer a quien ha vivido en carne propia el terror de la segregación racial en la sociedad estadounidense: “Yo no sé lo que siente la mayoría de la gente en este país. Sólo puedo concluir lo que siente a partir del estado de sus instituciones (…). Yo no sé si los sindicatos y sus jefes me odian ─eso no importa─, pero sé que no hago parte de ellos; no sé si el lobby real del Estado tiene algo contra la gente negra, pero sí sé que este lobby real del Estado me tiene en un ghetto; no sé si el sistema de educación odia a la genta negra, pero conozco los libros de texto que le da a leer a mis hijos y los colegios a los que tenemos que ir. Ahora bien, esta es la evidencia”. Y concluye Baldwin con la indignación elocuente que lo caracterizaba: “Usted quiere que yo haga un acto de fe arriesgándome a mí mismo, a mi esposa, a mi mujer, a mi hermana, a mis hijos a partir de algún idealismo que usted me asegura que existe en América, y el cuál yo nunca he visto”. En esta intervención revela el materialismo que se esconde detrás de la experiencia que Baldwin reclama como central a la hora de debatir sobre la cuestión negra, pues cuando el negro apela a su experiencia fundamental ─volviendo de nuevo a Sartre─ ésta se muestra siempre como “percepción intuitiva de la condición humana y el recuerdo aún fresco de un pasado histórico”, con lo que se revela el sentido del verdadero humanismo que apela al sufrimiento particular, concreto y material de los individuos a los que hace referencia.

Así, pues, en la experiencia que narra Baldwin se marca el límite entre una sociedad reconciliada y una sociedad que, por mor del miedo, sigue fustigando toda diferencia. Y esta es, justamente, la razón de la división histórica entre blancos y negros; una división en la que se revela, sobre todo, un temor profundo al mito creado, pero, también, una indiferencia y una inmadurez con la que el blanco ha intentado evadir las causas verdaderas de la insatisfacción humana general. Pues lo que muestra la historia cultural de Estados Unidos es, justamente, la incapacidad de aprender de los errores del pasado y, no bastando ello, el deseo constante de elevar a heroicidad épica esa labor incansable de aniquilación de toda diferencia.

Bien podríamos concluir esta reflexión rememorando aquella frase con la que Frantz Fanon en Piel negra, máscaras blancas describía la infantilidad del temor al negro y el miedo que daba origen a la actitud inagotablemente aniquiladora del blanco; en ella se trasluce la dialéctica del infantilismo del blanco y el miedo que determina su racismo: “El negro es una bestia , el negro es malo, el negro tiene malas intenciones, el negro es feo, mira, un negro, hace frío, el negro tiembla, el negro tiembla porque hace frío, el niño tiembla porque tiene miedo del negro, el negro tiembla de frío, ese frío que os retuerce los huesos, el guapo niño tiembla porque cree que el negro tiembla de rabia, el niñito blanco se arroja a los brazos de su madre, mamá, el negro me va a comer”.

Esta brillante película de Raoul Peck, con guion involuntario de James Baldwin, nos explica de un modo brillante y conmovedor los motivos centrales del proceso de creación de ese mito que, aún en nuestro tiempo, sigue confinando mayoritariamente la existencia del negro a la periferia de todas las latitudes. Es, al mismo tiempo, una herramienta que puede hacer hervir la sangre de todo aquel que sienta la necesidad de comprometerse con esta lucha, que es la lucha fundamental de la humanidad.

***

Nota: que esta reseña y esta película sirvan para recordar también a todos los “condenados de la tierra” de Buenaventura, Colombia; olvidados, mal alimentados, maltratados, heridos y asesinados por el Estado colombiano.

 

Sebastián Tobón @SebasTobn

Sebastián Tobón Velásquez

Sebastián Tobón Velásquez

Candidato a Doctor en Filosofía de la Goethe Universität Frankfurt. Asistente científico en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt (Alemania).

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